Capítulo 7 de Pudo ser un Undercover: Novela por Entregas

Pudo ser un Undercover: capítulo 1
Pudo ser un Undercover

Luego de leer de los seis primeros capítulos tenemos la enorme felicidad de compartir el Capítulo 7 de Pudo ser un Undercover del escritor V. M. Bongutz. A seguir en esta historia atrapante!

El adiestramiento guerrillero de los milicianos

Tal y como Jin le solicitó, Miguel comenzó encantado a relatarle la preparación que tuvo para la guerra de guerrillas:

Primero, me vas a permitir que realice un análisis de los hechos anteriores a la llegada a México de los rebeldes. Precisamente fueron los sucesos del 53 los que definieron los planes y el porqué de ese adiestramiento. Los acontecimientos acaecidos en el año 1953, donde un grupo de universitarios sin preparación militar ninguna, se lanzó a la aventura del asalto al cuartel de Moncada y de otros establecimientos militares, como sabemos, terminaron en un verdadero desastre, donde los participantes fueron derrotados, detenidos, encarcelados y juzgados para posteriormente cumplir las condenas carcelarias impuestas. Después de un tiempo pasado en la prisión de Isla de Pinos, estos jóvenes revolucionarios consiguieron un indulto y se trasladaron al exilio, primero a los Estados Unidos, donde no pudieron desarrollar actividades clandestinas al estar muy controlados por la policía y el FBI, y luego a México; allí fue donde me incorpore.

La experiencia de los hechos anteriores les sirvió a los Castro de lección y comprendieron que para hacer caer al régimen de Batista y enfrentarse con las armas a un ejército regular, solo cabía la posibilidad de organizarse en guerrillas, pero mi opinión particular es que ese consejo les llegó a los Castro desde otro lugar.

Para obtener ese entrenamiento acudieron a exmandos del ejército republicano español, que se encontraban exiliados en la Nación Azteca, para que prestaran su apoyo y conocimientos militares a nuestro grupo rebelde; posteriormente se nos unirían otros revolucionarios latinoamericanos, con los que conformaríamos el grupo del Granma.

Después de este preámbulo y volviendo a su pasado en México, Miguel comienza el relato del entrenamiento guerrillero:

Hasta finales del 55 Fidel Castro estuvo recaudando fondos entre la colonia de asilados cubanos contrarios al régimen de Batista, además de los que le estaban enviando como ayuda desde Cuba. A principios del 1956, se establece el cuartel general en la capital mexicana, y comenzamos a incorporarnos los cubanos y otros combatientes de países americanos. En esa época nos vamos conjuntando, se trazan planes y da comienzo nuestro propio entrenamiento guerrillero. Al principio nos centrábamos en cuidar la forma física e instruirnos en defensa personal, pero al poco tiempo comenzó la instrucción en tácticas milicianas y manejo de las armas. Además, un militar republicano español nos impartía marcha militar y nos sometía a un duro adiestramiento, no solo físico, sino también en estrategias de guerra.

Continúa Miguel explicando su aventura:

El equipamiento militar nos lo proporcionaba el dueño de una armería establecido en Ciudad de México. Las armas provenían del mercado negro, principalmente de los Estados Unidos, porque las pasaban de contrabando. Nos concentrábamos en las afueras de la ciudad en un lugar denominado “Santa Rosa”, el cuidado de la salud de nuestra tropa estaba a cargo del Che Guevara, que como médico se responsabilizaba de esa misión. Al mismo tiempo, se fueron incrementando los efectivos en este centro de entrenamiento y como solemos decir, más de tres son multitud, por lo que la existencia de nuestro campo y nuestros planes ya no eran secreto para nadie, lo cual facilitó la infiltración de algún agente secreto de Batista en el grupo o entre los colaboradores mexicanos. Todo ello ayudó a que el gobierno de Batista elaborase planes para eliminar a nuestros jefes. Así mismo, comenzó a ejercerse una presión sobre el gobierno mexicano desde la Embajada Cubana, con la finalidad de poner fin a estas prácticas en su territorio. Estas exigencias del gobierno de la “Tiranía” se vieron recompensadas al ejercer cierta presión los organismos policiales de emigración con el endurecimiento de las condiciones de asilo político.

Prosigue Miguel diciendo:

No voy a repetir lo que ya se ha hablado sobre la redada y detención de que fuimos objeto por parte de la Policía Federal Mexicana. Prácticamente casi la totalidad de los que componíamos el contingente fuimos detenidos por las fuerzas policiales. Posteriormente, nos enteraríamos que al siguiente día se produjo otra redada donde fue detenida la esposa de Guevara conjuntamente con su hija y un personaje nombrado “El Patojo”, que casualmente se encontraba de visita en casa de esta familia, pero la intención de la policía con esa incursión no era otra sino atrapar al Che.

Los pocos que consiguieron escapar de la otra redada pusieron en sobre aviso a Raúl Castro que se encontraba en la finca Santa Rosa, lugar de entrenamiento y depósito de equipos militares; escondieron las armas que pudieron, pero no había pasado mucho tiempo cuando apareció una columna policial que rodeó la finca. Fidel los acompañaba con la finalidad de evitar enfrentamientos, todos los ocupantes del rancho fueron detenidos menos Raúl, que había sido avisado con anterioridad por el Che, quien estaba montando guardia en esos momentos, los demás detenidos fueron trasladados a la prisión de Colonia San Rafael, donde ya nos encontrábamos los demás. El ánimo de todos se derrumbó por el miedo a ser extraditados a Cuba, con ello creíamos concluida la aventura de la rebelión y el tratar de desalojar a Batista del poder.

Mientras esto sucedía la prensa aireaba la cuestión, posiblemente alentada o influida por el gobierno cubano; calificaron al Che Guevara de marxista y de fomentar sus ideas políticas entre movimientos revolucionarios de otros países latinoamericanos. Esta cuestión se complicó de tal manera que se hizo necesario la intervención del propio Presidente de la República dando órdenes precisas al Procurador de la Nación, y estas fueron emplear la máxima severidad y solucionar el conflicto a la mayor brevedad posible. En ese ínterin de tiempo, Raúl Castro había abandonado México inmediatamente, y por los contactos que continuaba manteniendo en la capital de la república, contrató los servicios de dos abogados. La primera intervención de los letrados fue exigir la restitución de la comunicación de los detenidos y que pudieran expresar sus verdaderos motivos de encontrarse en México. La opinión de la mayoría de nosotros fue que recibió el favor de Nicolai, el cual se encontraba en la embajada soviética de esa capital.

Transcurridos apenas treinta días de la detención, un juez de distrito ordenó la excarcelación de la mayoría de nosotros, y solo permanecen en reclusión Fidel Castro, Calixto García y Ernesto Guevara, tal y como reza la orden emitida por el juez. En los siguientes quince días es liberado Fidel y continuaron en prisión Calixto y el Che, hasta que Castro consigue proporcionarles la fuga a través de unos guardias de la prisión que había comprado.

Mientras esto ocurría en México, en el Oriente Cubano, el máximo responsable del movimiento M26-7, el señor País, era muy consciente de la situación y, después de un minucioso análisis de los acontecimientos, se inclinó por retrasar la incursión a tierras cubanas; para esto esgrimió dos razones fundamentales: una por el descalabro sufrido en México, y la otra por no contar con los apoyos suficientes y necesarios en las ciudades que pudieran garantizar el triunfo del movimiento revolucionario, así se lo hizo saber a Fidel en telegrama cifrado y con nombre en clave.

Después de todos estos sucesos que nos habían desmantelado, lo peor era que no teníamos medios, ni materiales, ni dinerarios, para continuar con los planes establecidos por Fidel. Para proseguir la búsqueda de recursos, Castro se entrevistó con el expresidente Prío Socarás y consiguió los fondos necesarios para continuar, lo demás nos vino por añadidura. El siguiente paso era retornar al adiestramiento guerrillero y adquirir las tácticas militares propias de esa disciplina. Este objetivo llevó a Castro a recurrir, de nuevo, al instructor militar que nos venía preparando antes de la redada de la policía mexicana, pero este soldado, después de los acontecimientos anteriores, no se quiso comprometer en estas lides. Fidel, a través del servicio de información que había montado su hermano Raúl, presumiblemente siguiendo los consejos e indicaciones de Nicolai, tenía conocimiento de un militar español especialista en guerra de guerrilla.

Prosigue el exmiliciano explicándole a Jin cómo le llegaron a Fidel esas confidencias:

A Castro se le presentan unos confidentes, que le informaron de la situación de este militar, el coronel Bayo, y le hicieron unas referencias a sus actividades en la capital mexicana: por esas fechas, enseñaba francés e inglés en la Universidad Latino-Americana de México, Distrito Federal. También había impartido clases en la Escuela de Mecánicos Militares de Aviación, además, otra de sus ocupaciones era dirigir una fábrica de muebles que poseía en la capital Azteca. Después de realizar algunas averiguaciones, Castro consiguió llegar hasta el militar. En esa primera entrevista, le propuso que entrenara a sus rebeldes en la guerra de guerrillas. No fue fácil pedirle a este experto militar del ejército republicano español, exiliado en México, que instruyera a los rebeldes, pues la propuesta realizada por Fidel despertó poco interés en una primera entrevista, pero el revolucionario insistió, para ello emplearía la táctica del arraigo a la tierra, ya que Bayo había nacido en Cuba.

Ante tremenda insistencia el coronel le respondió:

Está bien, conforme, pero solo podré dedicar tres horas diarias a tus rebeldes, una vez terminado mi trabajo normal -Fidel, en esos momentos, protestó de manera airada: No, coronel Bayo, no es eso. Queremos de usted el día entero. Es preciso que se desentienda de todos sus quehaceres y se dedique de lleno a nuestro entrenamiento. ¿Para qué quiere usted su fábrica de muebles si dentro de muy poco ha de venir usted con nosotros y hemos de vernos victoriosos en Cuba?

Bayo escribiría más tarde en sus memorias, “el joven Castro me subyugó”, y añadiría: “Me emborraché con su entusiasmo. Me comunicó su optimismo y allí mismo prometí a Fidel abandonar mis clases y vender mi negocio. Mi suerte quedó, en aquel momento sellada”.

Continúa Miguel explicando el proceso de su preparación como guerrillero:

Al principio, el entrenamiento al que estábamos sometidos en México, no era el más apropiado para enfrentarse a un ejército profesional como era el de Batista, tampoco eran suficientes las clases teóricas adquiridas por lecturas novelescas de la Guerra de la Independencia Hispano – Cubana. Todos entendíamos que necesitábamos una preparación de verdad impartida por militares con experiencia en esas tácticas de guerrillas. Según los informes que nos hicieron llegar, la persona más indicada era el coronel Bayo, por su largo currículo en esas prácticas guerreras; si damos un repaso al mismo nos encontramos lo siguiente: “Había peleado durante once años, con el ejército español, contra los insurgentes moros del Norte de África, en los años veinte. Tomó parte en la campaña contra el mítico Abd-el-Krim, siguió estudiando esta práctica militar en la Academia Militar de Toledo y después dio clases de su tema favorito en la Escuela de Estado Mayor de Salamanca”. Siguiendo con sus antecedentes militares, en ellos consta que, en el transcurso de la Guerra Civil Española, propició la utilización de guerrillas republicanas contra las fuerzas del general Franco. Su teoría afirmaba que los españoles habían desarrollado, en todos los tiempos, las tácticas guerrilleras, primero oponiéndose a la consumada invasión musulmana en España durante el siglo XV y su posterior expulsión, y después contra el ejército francés, el mejor preparado de su época. Siguiendo con su teoría, el coronel Bayo nos comentaba en sus clases teóricas: “el combatiente con estas experiencias se puede considerar invencible, si puede, además, ganarse el apoyo del campesinado local”.

Prosiguiendo Miguel con su relato, comenta algo más del currículo de este militar:

Conocí al coronel Bayo cuando comenzó a impartirnos entrenamiento guerrillero. En esa época ya contaba con unos 65 años y se veía un hombre mayor, que representaba más edad de la que en realidad tenía, pero el carácter militar de guerrero no lo había perdido, demandaba de sus reclutas milicianos todo el esfuerzo y más si era posible. Los adiestramientos comenzaban apenas había salido el sol y continuaban hasta después de que se ocultara, y en muchas ocasiones el entrenamiento se realizaba de noche, pues él mantenía la teoría de que sin luz los golpes al enemigo eran más efectivos. -Miguel añade- Entre las múltiples facetas que nos enseñaba estaba “cómo una guerrilla numéricamente inferior puede derrotar a las fuerzas regulares, mantenerse en buena condición física, vivir del terreno, hacer bombas molotov y granadas caseras, limpiar y cuidar las armas, marchar de noche…” En definitiva, nos estaba preparando para ser guerrilleros. De todas las enseñanzas puestas en práctica y los conocimientos acumulados, el coronel Bayo sacaría a la luz su manual Ciento cincuenta preguntas a un guerrillero, difundido y consultado por los ejércitos de medio mundo.

Miguel hace un alto en su explicación para refrescarse la garganta, pero de inmediato reanuda su charla:

Comenzamos a prepararnos para la guerra de guerrillas en la finca Santa Rosa, al principio nos centrábamos en una formación básica, donde estábamos incluidos todos los rebeldes que en esos momentos estábamos reclutados. Después vendrían  los conocimientos tácticos y sobre el uso de todo tipo de armas, además, el militar añadía las experiencias ensayadas por Mao Tsé Tung en su lucha en la China, las cuales Bayo había incorporado a su programa -Miguel comenta- El coronel nos tenía siempre controlados, y prácticamente nos obligaba a vivir como monjes. Después del desastre de las detenciones en Ciudad de México y al ponerse al descubierto el cuartel de entrenamiento de Santa Rosa, la expedición de revolucionarios se trasladaría a un nuevo emplazamiento; cercano al Golfo de México, pues Castro desconfiaba de que hubiera algún infiltrado de Batista.

Transcurridas unas semanas de habernos trasladado al nuevo campamento, se incorporaron Camilo Cienfuegos, el médico Faustino Pérez y Efigenio Ameijeiras. Recuerdo la fecha de esa llegada, a finales de octubre; con ello se completaría el contingente del Granma,  nuestra aventura estaba próxima a dar comienzo. Fidel personalmente designó a Faustino Pérez, al contar con toda su confianza, como jefe del nuevo emplazamiento, pues Castro no estaba errado en sus pronósticos sobre las operaciones montadas por los servicios secretos cubanos, que se encontraban destacados en la Embajada de Cuba. Estos ya habían comenzado a realizar pesquisas sobre nuestra nueva ubicación, y era cuestión de tiempo que realizaran otra tentativa de abortar los planes que habíamos diseñado. Por esta causa -prosigue Miguel- nuestros espías apreciaron que en el Distrito Federal se estaba realizando una búsqueda exhaustiva de los milicianos, ya que se estaba interrogando a todo el que resultara sospechoso, sobre todo en los círculos donde nos pudiéramos mover. Al mismo tiempo se intensificó la búsqueda de los combatientes por parte de la policía mexicana. En las fechas del suceso de Santa Rosa, algunos de los integrantes de nuestro comando fueron expulsados del país, declarándolos ilegales, entre ellos se encontraba el Che, a quien la policía mexicana le concedió solo diez días para que abandonara México, lo que le obligó a permanecer oculto en el campamento con el fin de no poner en peligro toda la operación.

En la nueva ubicación, proseguimos con el entrenamiento que cada día se hacía más intensivo. Castro ya había comprado un barco para el traslado a Cuba de las fuerzas que había conseguido reunir. En los días posteriores nos entregaron las armas y municiones, así como los pertrechos de guerra para aguantar en la sierra cubana por lo menos un mes, hasta conseguir la ayuda que nos prestaría, desde el interior de la Isla, la organización que lideraba Frank País.

Con esta última reseña Miguel da por concluida su charla y se despide de Jin añadiendo:

El próximo día me toca invitar y así te podré completar el relato de la travesía desde México a Cuba, los diferentes frentes que conseguimos abrir y lo referente al suministro de armas y pertrechos militares que nos hacían llegar desde Centro América y Sudamérica. -Y como punto final añade-. Aún me falta contarte algunos hechos de un personaje siniestro de los servicios secretos cubanos, con quien mantuve grandes diferencias, por su comportamiento y su manera de actuar, la cual se salía por completo de los principios que inspiraron a la revolución.

Acabas de leer el Capítulo 7 de Pudo ser un Undercover. No te olvides de compartir su lectura si te gustó. A prepararse para el capítulo 8!!!

Te dejamos aquí un enlace del Preámbulo del libro!

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