Capítulo 46 de Pudo ser un Undercover: Novela por Entregas

Pudo ser un Undercover: capítulo 1
Pudo ser un Undercover

Tras leer 45 capítulos es momento de compartir el Capítulo 46 de Pudo ser un Undercover, del escritor V. M. Bongutz. Jóvenes fugitivos en la Revolución Cubana.

 

 

 

46

 

Proezas de unos jóvenes fugitivos

           

En una de sus habituales escalas en La Habana, nuestro protagonista visitó como era su costumbre a los familiares de su amigo Miguel, con quienes compartía algunas horas especialmente por las tardes, no solo para entregarle algún obsequio que su familiar le enviaba desde España, sino también para charlar de los últimos acontecimientos ocurridos en Cuba.

En esta ocasión y durante la conversación nuestro personaje le preguntó a José:

¿Conoces algunas de las historias que están protagonizando los cubanos para huir de la isla en frágiles embarcaciones?

A lo que él le respondió:

Precisamente, tengo un familiar que huyó, no hace mucho tiempo, por Oriente hacia Haití con la intención de llegar a tierras dominicanas, en esa aventura le acompañaron dos amigos.

A Jin le interesó esta trama y le pidió que le contara como había sucedido y donde se encontraban ahora esos exiliados.

José le manifestó:

No conozco la historia completa, pero te prometo que antes que zarpe el buque te daré alguna referencia.

El último día de su estancia en el puerto habanero, nuestro marino volvió a entrevistarse con José, este le había conseguido la actual residencia de uno de estos fugitivos, a través de su tía de Palma Soriano y le contó lo que había averiguado:

Ayer hablé con mi tía que es la que mejor conoce la aventura de este pariente que se llama Tomás, actualmente vive y trabaja en una empresa petrolera del Estado Zulia en Venezuela, ella le envió tu nombre y el del trasatlántico para que te visite cuando llegues a Maracaibo, además te facilito el número de su teléfono por si no se presenta en el muelle lo puedas llamar. Mi tía lo llamó por teléfono para referirle tu interés y él le prometió que cuando arribes al puerto pasará a verte y contarte como alcanzaron la libertad, que por cierto todo empezó aquí en nuestra casa.

El buque, como de costumbre, zarpó de La Habana y puso rumbo a Cartagena de Indias, luego prosiguió su ruta hacia Maracaibo. El atraque finalizó a las 10:00 horas, Jin estaba pendiente de localizar la visita de Tomás, después de unos minutos lo reconoció en el muelle por la descripción que le había facilitado José. Nuestro protagonista bajó a tierra y se identificó y comenzaron a hablar, con la clásica conversación de cómo está la familia, los sucesos de Cuba y algunas cuestiones sin mayor importancia. Nuestro marino le comentó que podían ir caminando hasta el bar del hotel Bahía, que estaba relativamente cerca, ya que el trasatlántico estaba atracado en el Malecón cerca del embarcadero, donde comienza y termina la travesía de los transportes al puerto de Altagracia, por lo que se pusieron en camino, atravesaron la explanada del muelle, cruzaron la avenida Libertador hasta la calle 98, bordearon la Plaza Cristóbal Colón, siguieron por la avenida El Milagro hacia el norte y en unos minutos se encontraban en el restaurante del Hotel Bahía, durante el trayecto Jin le fue comentado que le interesaba conocer su aventura y cómo pudieron escapar de su Tierra, ya en el bar y ante unas cervezas bien frías, Tomás comenzó a narrar su odisea.

En varias ocasiones fui detenido por la policía de Batista por protestas callejeras, los agentes lo tomaban como cosas de estudiantes y al día siguiente o a lo sumo dos me soltaban junto con el grupo de compañeros, no cabe duda que eso representaba un disgusto para nuestros padres, pero ellos se resignaban, ya que era práctica habitual en la juventud esas travesuras, como las llamaban nuestros progenitores. Cuando Fidel empezó la lucha en Sierra Maestra, el grupo de estudiantes donde me encontraba, ya se había organizado y las protestas aumentaron, por lo que nos integramos en la oposición clandestina que ya operaba en La Habana, seguimos con esta lucha en la calle hasta el día que llegaron los milicianos a la capital. Los milicianos y el propio gobierno nos reconocieron nuestra labor y algunos del grupo pasaron a ocupar puestos relevantes dentro de la nueva administración. Por mi parte, continué mis estudios en la universidad, pero en esa institución comenzaron a producirse una serie de irregularidades, una de ellas fue el caso Boitel, ya por todos conocido, además se despidieron a varios profesores injustamente porque reclamaban democracia universitaria y libertad de cátedra, ante estas arbitrariedades e injusticias que se estaban cometiendo me integré en la Federación de Estudiantes, unas semanas después se inició la persecución de esta organización, a continuación se sucedieron una serie de hechos que terminaron con muchos de los compañeros encarcelados y a otros nos estaban buscado los servicios de la G2.

Se produjo un alto en la exposición de Tomas, pues quería refrescar su garganta, pero acto seguido continuó:

El hostigamiento se hizo cada vez más constante, por lo que tuve que refugiarme en la habitación de un amigo, pero como no quería comprometerlo, a los dos días pase a otra vivienda y así durante mes y medio. Después de ese tiempo me fui a casa de José, con el que mantengo parentesco, por parte de su madre, ellos fueron los que me aconsejaron que me trasladara a Sagua de Tánamo, pues allí contaba con otra familia y estaría más seguro en esa parte del país. En un par de días un amigo de Frank, salía para Oriente en un camión con mercan-cías y se ofreció a llevarme como si fuera su ayudante, de esta manera conseguí pasar los controles, que durante el trayecto eran frecuentes sin levantar mayores sospechas.

Salimos por la mañana muy temprano para llegar a nuestro destino al día siguiente por la tarde, no hubieron mayores novedades durante el itinerario. En Sagua mis familiares me recibieron muy bien y comencé a desempeñar labores agrícolas, ayudando en lo que buenamente podía a quién con tan buen corazón me dieron amparo y protección.

Rápidamente congenié con el hijo de estos parientes, pues casi teníamos la misma edad, a quien se le conocía por Lucas, durante nuestras charlas noté que él tampoco compartía lo que estaba pasando, ya que a muchas de los agricultores y ganaderos de la comarca les habían despojado de sus propiedades, pensaba y con razón, que un día no muy lejano les podía tocar a ellos. En nuestras conversaciones diarias comentábamos todas estas cuestiones que nos preocupaban, por lo que se nos pasó por la cabeza unirnos a la guerrilla de Escambray, también se nos ocurrió que podíamos abandonar Cuba y buscar un mejor porvenir fuera de Nuestra Tierra, mi mayor ilusión era poder llegar a Florida, donde se encontraban muchos compatriotas, además sabíamos que en esas tierras se estaba organizado una oposición. Pero las noticias que llegaban desde La Habana eran alarmantes, pues los comentarios que circulaban referentes a la escapatoria por mar hacia Miami la consideraban toda una aventura, con pocas probabilidades de éxito, pues a muchos balseros los ametrallaban en plena travesía, otros perecían al zozobrar  sus frágiles embarcaciones y terminaban ahogándose o devorados por los tiburones. Además, sabíamos que la zona del Estrecho de Florida estaba muy vigilada por las patrulleras milicianas y los huidos tenía que salvar una distancia de unos 190 kilómetros hasta llegar Cayo Hueso. Ante esas noticias y algunas reflexiones que yo emitía, fueron suficientes para que Lucas me comentara que tenía un amigo, que su padre era pescador y en algunas ocasiones había salido a pescar en su barca, por lo que conocía muy bien las aguas de esa parte de Oriente y al final de la conversación añadió:

Podríamos ir este fin de semana hasta Baracoa que es donde vive y hablamos con él de este asunto, su nombre es Nicolás, además mi padre fue el padrino de su bautizo y seguro que se alegrará de vernos.

Cuando llegó el fin de semana, Lucas y yo nos pusimos en camino, desde muy temprano tomamos la guagua de las siete y media, pues pretendíamos estar en Baracoa al medio día, ya que el bus se detenía en todos los caseríos que se encontraban en la ruta.

Arribamos al pueblo un poco antes de las doce. Lucas me fue guiando hasta encontrarnos con su amigo pescador. Los tres nos pusimos a charlar, al principio las cosas propias de la juventud, pero llegó el momento en que comenzamos a hablar de la situación en que los milicianos habían metido a Cuba. Mi pariente, el agricultor, manifestó que tenía temor de que le arrebatasen lo poco que tenían sus padres.

Nicolás, por su parte, comentó:

Mi padre, el otro día estaba muy preocupado, pues habían confiscado una serie de pesqueros, aunque todos de mayor tonelaje que el nuestro y tenía miedo que pronto nos podía tocar a nosotros.

Ante estas manifestaciones les comenté el plan de huida a Florida, así mismo agregué, -Ya lo he discutido con Lucas, pero esta travesía entraña muchos peligros, luego añadí -La huida por Haití sería más factible si pudiéramos contar con la experiencia tuya como marinero y con la barca de pesca; además ese destino está mucho más cerca, a solo 77 kilómetros, y por poco que la lancha camine en 10 o 12 horas estaríamos allí, también creo que por ahora la vigilancia en esta parte de la costa no es mucha y podríamos escapar por la mañana, como si fuéramos a pescar a Punta Maisí.

El pescador manifestó:

Eso está muy bien, pero es pura teoría, pues hay que considerar otros factores importantes, las corrientes marinas, los vientos de esa zona y lo más problemático sería cómo regresaría la barca a Cuba.

Tanto Lucas como yo nos quedamos pensativos y la desilusión se marcó en nuestros rostros.

Para infringirnos un poco de ánimo, Nicolás nos dijo que lo iba a pensar y que volviésemos en 15 días para ver si encontraba una solución, pues él también quería marcharse y labrarse un futuro mejor del que le esperaba en nuestra tierra.

Recobramos un poco de esperanza y con ella regresamos al pueblo con la familia y a nuestras labores diarias, pues debíamos mantenernos así, si no queríamos despertar sospechas, solo nos quedaba esperar la fecha marcada por el pescador. Los días fueron transcurriendo y la espera se hacía cada vez más larga, llegando a ser desesperante, sobre todo por las noticias que llegaban desde La Habana y de Santa Clara, los comentarios que corrían de boca en boca eran de que habían rodeado a los contrarrevolucionarios de la Sierra de Escambray, a la mayoría les habían dado muerte, a otros los hicieron prisioneros y unos pocos pudieron escapar. Por ese motivo toda la comarca estaba muy vigilada, pero a nosotros nos venía bien, ya que por esta parte del territorio la cosa estaba más tranquila. Pasaron los días y llegó el fin de semana deseado, por lo que nos pusimos en camino; el sábado muy temprano ya estábamos en la parada para abordar el bus que nos conduciría hasta Baracoa, aunque venía con un poco de retraso, pero al mediodía llegamos a nuestro destino, ya el marinero nos estaba esperando, nos saludamos y nos dirigimos al embarcadero, durante el trayecto el pescador nos comunicó que ya tiene un plan pensado, lo que nos llenó de alegría.

Nicolás comenzó a explicarnos el plan que había urdido y daba la impresión que la suerte nos acompañaba, ya que su padre debía acudir a La Habana para ayudar a su hermana que tenía problemas con la casa donde vivía, la cual era fruto del reparto de la herencia de su abuela, su tía se quedo con esa vivienda y su padre con la que poseía la familia en Baracoa, así como con la lancha de pesca, que también era de su abuelo. El asunto a resolver era algo complicado y su padre le había dicho que estaría fuera como tres semanas, durante ese tiempo le encargaba que saliera a faenar, que contara con el compadre Martín y con algún otro, de los que habitualmente salían de pesca con ellos.

El amigo pescador comenzó a explícanos el plan que había trazado:

Tan pronto como mi padre salga para la capital, que según me dijo será el próximo martes, tendrán que volver para que comiencen a salir de pesca conmigo y de esa forma se habitúen al mar y aprendan algo del oficio, lo demás queda de mi cuenta, pero les advierto que el mar por esta parte en ocasiones es peligroso, de hecho al estrecho entre Cuba y La Española lo denominan el Estrecho de los Vientos, también las corrientes marinas son algo traicioneras pues confluyen aguas del Atlántico y del Caribe que en algunas ocasiones chocan en medio de ese brazo de mar.

Después de la explicación de Nicolás, tomé de nuevo la iniciativa para comentarles a mis amigos mis temores:

Les diré que no tengo experiencia ninguna sobre el mar, pero en estos días he estado leyendo un poco sobre corrientes marinas, de los vientos que imperan en esta parte oriental de Cuba y cómo llegaron los indígenas a las Antillas y entiendo de tu preocupación, pero es preferible arriesgarse que vivir con este yugo que nos han impuesto.

Durante ese fin de semana hablamos mucho de nuestros planes, pero tanto a Lucas como mí, nos preocupaba el regreso de la barca después de que llegáramos a Haití.

Ante esos temores, el pescador manifestó:

Se lo voy a comentar al compadre Martín, ya que él es quién acompaña a mi padre en las faenas de la pesca.

Nos mostramos recelosos de la propuesta de Nicolás, por si nos pudieran delatar, pero él insistió de que no pasaría nada, lo máximo seria que Martín le dijera que era una locura y cosas por el estilo, después de pensarlo mucho y discutirlo con los demás, se fue a hablar con el pariente de su progenitor y cómo a las dos horas volvió para encontrarse con nosotros, al llegar le preguntamos ansiosos: ¿Qué ha pasado?

Nicolás nos abrazó y nos dijo que la cuestión había ido mejor que lo que él pensaba, pues el compadre inclusive le sugirió una idea que creía que era genial, pues con ella resolvía el retorno de la barca de nuevo a Baracoa.

El proyecto que urdió el compadre consistía:

Durante los días siguientes a la marcha del padre de Nicolás, sus dos amigos debían salir todos los días a faenar con Martín y con él como si fueran pescadores, ya eran conocidos pues en varias ocasiones los habían visto juntos. El domingo siguiente, en horas de la tarde, cuando menos gentes se encontrara en el muelle, los tres amigos debían ir a la barca para depositar y ocultar las pertenencias que se iban a llevar, estas tenían que ser pocas, pero si por casualidad alguien los veía que hicieran como que estaban limpiando y preparando el bote para ir a faenar, lo que no extrañaría a nadie, ya que en varias ocasiones era la rutina que se hacía antes que comenzara una jornada de pesca. Al anochecer sus dos hijos y uno de los huidos, se esconderían debajo del toldo, en la parte del motor, cuando se hicieran a la mar, si alguien los estaba viendo, la barca salía con tres pescadores. Los otros tres permanecerían debían permanecer ocultos hasta rebasar Punta Maisí, a nadie le extrañaría verlos por esas aguas, ya que normalmente era la zona habitual de pesca, tan pronto se alejasen un poco de la vista del faro saldrían pues en ese momento pondrían rumbo a Mole Saint-Nicolás.

El domingo regresamos a Sagua de Tánamo muy ilusionados, pero ahora nos quedaba dar una explicación coherente a la familia de Lucas, sobre nuestra pretensión de regresar a Baracoa el próximo martes. La excusa que inventamos fue que teníamos que ayudar a Nicolás, pues su padre debía desplazarse hasta La Habana para resolver un problema que se le había presentado a su hermana con su vivienda y como nuestro amigo se quedaba solo con las labores de pesca nosotros le íbamos a echar una mano. Con esta escusa la madre de Lucas se quedó convencida y no puso ninguna objeción.

Con tiempo preparamos nuestras pertenencias y lo que nos fuera útil para la aventura que íbamos a emprender. El martes a primera hora subimos a la guagua de las 7:30 a.m. rumbo a nuestra primera etapa hacia la libertad.

Llegamos a Baracoa a mediodía y nuestro amigo nos estaba esperando, nos fuimos a su casa para instalarnos, en el trayecto Nicolás nos comentó:

Le he dicho a mi madre que durante la ausencia de mi padre ustedes venían para colaborar con las faenas de la pesca, lo que le pareció bien y su comentario fue -Cuatro brazos más vendrán bien-

Ya por la tarde nos reunimos con el compadre para ultimar los planes.

Este nos dijo:

Vayan arranchando la barca, déjense ver y comiencen con la preparación de las jaulas de fondo, saldremos a faenar como a las 6:00 p.m.

Los tres estábamos ilusionados y emprendimos la faena, inclusive nuestro amigo el pescador lo comentó en el bar, llegó la hora fijada y salíamos a faenar y regresamos al despuntar el día y esta rutina la repetíamos cada jornada hasta el domingo y en ese día comenzó a desarrollarse el plan previsto, los dos hijos de Martín y yo nos escondimos bajo el toldo, que cubría las jaulas detrás del motor, como de costumbre, en esta ocasión, salieron de pesca Martín y dos compañeros más, que en realidad eran Lucas y Nicolás, la salida se hizo sin mayor novedad y la barca se dirigió hacia los caladeros acostumbrados cerca de la Punta Maisí y todo se iba desarrollando como cualquier otro día de pesca.

Después de unas horas, el bote ya se encontraba en la parte más oriental de Cuba y cuando ya se había alejado un par de millas de la costa, los que estábamos ocultos salimos de nuestro escondite, con los músculos entumecidos y dolorosos, pero a mí, esto no me producía dolor, al revés satisfacción por verme camino de la libertad, pues dentro de muy poco rebasaríamos las tres millas reglamentarias para que nos encontrásemos en aguas internacionales, pero esa situación no nos hizo sentir mejor, ya que en muchas ocasiones las patrulleras milicianas no habían respetado este hecho, especialmente en el Estrecho de Florida, pero en esta parte de la Isla había menos buques de vigilancia y la base más próxima de la Marina se encontraba en la ciudad de Santiago, a esta circunstancia se sumaba un hecho a nuestro favor, y era que a los milicianos no les gustaba navegar frente a la base norteamericana de Guantánamo.

Continuamos navegando guiados por la mano experta de Martín, quien acumula más de veinte años de experiencia y conocía, muy bien el Estrecho de los Vientos, por lo que fijó el rumbo unos grados al noreste, con la finalidad de que las corrientes marinas habituales en esas aguas mantuvieran el rumbo de la barca, si este derrotero no se conservaba las corrientes nos podría arrastra al medio del Mar Caribe. Además la Luna lucía en todo su esplendor, lo que facilitaba la navegación.

Cuando habían transcurrido unas cuatro horas de haber rebasado la parte central del estrecho y ya nos encontrábamos dentro de la corriente que discurre desde el Norte hacia la costa de Haití, tuvieron que pasar unas tres horas más para que pudiéramos distinguir en la lejanía las luces de Mole Saint-Nicolás, todavía faltaban unas horas para que amaneciera, lo que nos permitía llegar a tierra sin mayor contratiempo, si a la llegada nos detectaba alguna persona, simularíamos una avería en el motor y pediríamos ayuda para su reparación, para explicar este hecho no tendríamos mayor problema, pues yo hablo un poco de francés. La suerte nos favoreció, ya que llegamos al embarcadero con el motor a bajas revoluciones para mitigar el ruido, así, si por casualidad hubiese alguien a horas tan tempranas, pasaríamos desapercibidos. La barca se arrimó al espigón, todos nos abrazamos para despedirnos y los tres emprendimos la huida por Haití.

Hasta que amaneció permanecimos ocultos cerca del malecón, cuando abrió un cafetín que se encontraba cercano al muelle los tres nos arriesgamos a entrar para tomar algo, pues estábamos desfallecidos. Me dirigí al barman en francés y le pedí unas bebidas calientes, pero el camarero resulto ser dominicano, quien nos dijo que no tuviésemos miedo que podíamos hablar en español, le pregunté su nombre, el nos respondió que se llamaba Fermín. Luego le contamos que nos habíamos escapado de un barco cubano y queríamos llegar hasta Santo Domingo donde teníamos amigos.

El barman nos proporcionó detalles como podíamos llegar hasta Puerto Príncipe sin despertar mayores sospechas, después nos recomendó que esperásemos hasta mediodía y él podía acompañarnos a comprar los billetes del bus que sale a las dos de la tarde para Puerto Príncipe, también nos comentó que el viaje duraba unas 5 horas.

Además, nos animó al decirnos que no íbamos a tener ningún problema hasta la capital, pero otra cosa muy distinta era cruzar la frontera. Entonces le pedí que si nos podía ayudar con eso y nos hiciera alguna recomendación, por lo que el dominicano nos facilitó el nombre de un primo suyo que trabaja allí, se llama Hugo y se dedicaba a descargar camiones procedentes de Santo Domingo, así mismo nos proporcionó su dirección.

Llegó la hora fijada y nos dirigimos, acompañados por este samaritano, a  comprar los billetes. A mí, me habían encomendado las finanzas del grupo, por lo que pagué los tiques y en agradecimiento le di una propina de un par de dólares a Fermín, aunque le manifesté que no era mucho, por el gran favor que nos había prestado, pero mi bolsillo no estaba muy lleno.

Partimos de Mole Saint-Nicolás, el bus se dirigió hacia el Sureste por la carretera 151, se adentró en el bosque por Mome Blanc, al salir de ese lugar hizo una pequeña parada en Bombardopolis, continuó el camino atravesando la route de Bombard, desde aquí se podía apreciar el azul del mar que contrastaba con el ocre de las lomas circundantes. Al poco tiempo, a la vista de los viajeros apareció Baie de Henne. El autobús prosiguió su avance y superó la ruta de Mare Rouge para bordear la playa Anse Rouge y sus cristalinas aguas color esmeralda, desde allí pudieron avistar un bote de pesca, lo que le trajo recuerdos a Nicolás. A la llegada a  Anse Rouge el bus realizó una parada en la que se detuvo más tiempo, con el fin de que los viajeros pudieran ir al baño y tomaran algo en el cafetín del apeadero, prosiguió el camino y rebasó las salinas de Anse Rouge desde este punto continuó su marcha pasando por Petit Port, Piment Hait, Corridon hasta llegar a Genaives.

En este punto tuvimos que disimular, pues era el pueblo de mayor importancia en la ruta, por lo que la parada fue más larga, además, justo al lado de la estación había un puesto de policía, lo que nos inquietó un poco y por ello optamos por permanecer en el autobús. Para nuestra satisfacción proseguimos la marcha, lo que nos dio un respiro. Ya el bus prosiguió su movimiento atravesó unos arrozales y desde allí se adentró en el interior del territorio, en su avance cruzó una serie de caseríos y pequeños pueblos, después de que había transcurrido una media hora de la última parada viró de nuevo hacia el sur y la ruta de nuevo marchaba por la costa hasta que llegó a Baie de St. Marc, de nuevo el autocar realizó otra parada, pero de pocos minutos, luego continuó todo el camino muy cercano a la línea de la costa hasta su llegada a Puerto Príncipe, donde concluyó la primera etapa de nuestro viaje.

Cuando llegamos a la capital haitiana, la noche ya se había hecho presente y antes de que buscáramos donde descansar, teníamos dos prioridades; una comer algo, pues no habíamos comido nada desde el almuerzo y la otra buscar a Hugo para que nos orientara como llegar hasta Santo Domingo. Decidimos realizar la primera de nuestras necesidades, por lo que buscamos un cafetín discreto para tomar algo que nos aplacase el hambre, satisfecho los estómagos, preguntamos por la dirección que nos había dado el dominicano y nos dirigimos al lugar. Ya eran más de las nueve de la noche cuando encontramos a nuestro contacto, le explicamos el problema que teníamos y como nos había ayudado su primo Fermín.

Este otro samaritano, nos dijo:

Los voy a llevar a una pensión de un español que es amigo mío y allí no van a tener ningún problema, por la mañana hablaré con los choferes de los camiones dominicanos que transportan las mercancías desde Santo Domingo para conseguirles el transporte, además les recomiendo que permanezcan en la fonda hasta mi regreso.

Como a las tres de la tarde regresó Hugo y les anunció:

El problema está solucionado, saldrán esta noche a las ocho, uno viajará en un camión pequeño y los otros dos en uno de mayor tonelaje, figuran como ayudantes, el costo del viaje es de 25 dólares por cada uno y deberán tener preparado un billete de 10 dólares, por si al cruzar la frontera los guardias se ponen pesados, ustedes no deben intervenir, los conductores conocen su oficio y saben lo que hay que hacer, además les recomiendo que no salgan de la pensión, los pasaré a buscar como a las seis.

Quedamos conformes con las recomendaciones del dominicano y solo teníamos que esperar a que llegara la hora acordada. Media hora antes de la partida se presentó Hugo con unas gorras usadas, propias de las que llevan los camioneros y nos recomendó que nos las pusiéramos para que aparentásemos ser auténticos ayudantes.

Le agradecimos lo que había hecho por nosotros y le gratificamos con cinco dólares, además, le di las gracias en nombre de todos, por el tremendo favor que nos había prestado.

Hugo nos condujo hasta las cercanías del Mercado Central que era donde paraban los camiones procedentes de la República Dominicana, allí conocimos a los choferes que nos llevarían a conseguir casi la libertad, pues hasta el momento podíamos ser detenidos y deportados.

Los camiones iniciaron la salida de Puerto Príncipe y enfilaron la ruta, el chofer del camión donde yo viajaba me comentó:

Tenemos como una hora para llegar a la frontera, relájate, pues nosotros llevamos haciendo esta ruta desde hace mucho tiempo, los guardias de frontera ya nos conocen y siempre les dejamos alguna cosilla de regalo, si hubiera algún problema, haríamos  uso de los dólares, que esos abren todas las puertas.

Con ese optimismo derrochado por los choferes, continuamos la marcha.

Transcurrió el tiempo marcado, llegaron a la frontera, el camión aflojó la marcha y se detuvo momentáneamente, el conductor saludó, en francés con mezcla de español, al guardia de frontera del lado haitiano, quien le indicó que continuara, el otro camión recibió el mismo tratamiento. En la parte del lado dominicano no hubo ningún problema, al ser camiones con matricula de la provincia de Santo Domingo, por lo que pasaron casi sin parar.

Cuando habían transcurrido unos diez minutos le comenté al chofer que ya estaba más tranquilo y le dije -Si puedes para en el primer cafetín que encuentres, pues los invitamos a una cerveza, al igual que a tu otro compañero, pues esto se merecía un brindis-.

Los camiones siguieron rodando unos kilómetros más hasta que se distinguieron unas luces en la lejanía, el chofer me dijo que era Tamayo y que allí pararíamos.

Cuando llegamos a Tamayo, los camioneros hicieron la parada que le había solicitado y aparcaron al lado de una fonda, nos apeamos y nos abrazamos, pues ya creíamos que la libertad estaba cada vez más cerca. Durante el descanso y mientras nos tomábamos las cervezas, les contamos todo el plan de fuga, así mismo pensamos que nuestros padres, a estas horas, ya estarían enterados de los que habíamos hecho, pero no podíamos quedarnos allí por más tiempo, por dos razones, una que no teníamos ningún porvenir y la otra que nos podían apresar en cualquier momento, pues los tres teníamos antecedentes de anticastristas a los ojos de los milicianos.

De nuevo reanudamos la marcha y ya no paramos hasta llegar a Santo Domingo. Cuando arribamos eran las dos de la madrugada, los choferes nos aconsejaron que nos quedáramos en los camiones hasta por la mañana, luego nos llevarían a una pensión de un amigo para que comiéramos y nos adecentáramos un poco y luego que continuáramos con nuestros planes.

A la mañana siguiente, uno de los camioneros nos vino a buscar y nos condujo a una pensión, donde pudimos comer y asearnos, pagamos el importe de una semana e iniciamos la búsqueda de la agrupación de refugiados cubanos, nosotros teníamos conocimiento que se había constituido un frente para los refugiados. Después de recorrer las calles, preguntando por el club cubano, pues no querían despertar sospechas ya que sospechábamos que Castro tenia espías en esta capital, al fin encontramos a un paisano que no nos pareció sospechoso, a quien le preguntamos lo que nos interesaba saber, nos indicó la dirección de la sede que estábamos buscando, como eran horas de almuerzo, primero nos encaminamos a una fonda para comer y recuperar fuerzas, pues llevábamos toda la mañana caminando. Ya por la tarde nos dirigimos a la agrupación, allí nos recibieron con cariño, les contamos nuestra escapada de Cuba y que necesitábamos ayuda, los presentes nos invitaron a que contáramos toda la historia completa. Por turnos hicimos el relato, desde que fraguamos nuestros planes de fuga hasta la llegada a Santo Domingo, así mismo les expresamos que deseábamos enviar algún mensaje a nuestras familias para que supieran que estábamos bien, sobre todo para quitarle la angustia a nuestras madres.

El presidente de los exiliados en esa nación, nos preguntó si teníamos dónde hospedarnos, a lo que le respondimos que habían pagado una semana de pensión, pero después de esa fecha no tenían donde alojarse, a continuación nos pidió que le relatásemos a él nuestra odisea y los planes inmediatos que cada uno tenía.

Le repetimos la historia completa y le expusimos lo que teníamos pensado hacer cada uno, pues comprendíamos que no podíamos seguir juntos por mucho tiempo y cada uno debía buscar trabajo y regularizar su situación, luego los miembros del comité estuvieron deliberando, posteriormente se reunieron de nuevo con nosotros y nos comunicaron lo siguiente:

Lo primero que debemos realizar, es legalizar la situación de cada uno y para ello será necesario que definan y manifiesten sus proyectos para el futuro, tampoco pretendemos que tomen una decisión precipitada y comprendemos que deben madurar un poco todo este asunto, por lo que sí les parecía bien mañana por la tarde nos volveremos a reunir para hablar sobre el tema.

Nos marchamos ilusionados y siguiendo los consejos del comité, que entre las sugerencias que nos habían hecho, fue de que no nos dejáramos ver mucho, que evitáramos contactos con otros cubanos y que no habláramos del asunto con nadie. Por lo que decidimos ir al cine para relajarnos y que salieran de nuestras cabezas una serie de pensamientos negativos, por la noche cenamos temprano y nos fuimos a la pensión a descansar, allí discutimos los planes de futuro de cada uno.

Ya en la intimidad de la habitación, comenzó a hablar Nicolás:

Tras reflexionar mucho sobre mi futuro próximo, a mí me gustaría continuar en la pesca y si consiguiera enrolarme en un pesquero sería estupendo, pues al fin al cabo eso es lo mejor que sé hacer.

Por mí parte yo manifesté:

A mí me gustaría ir a Venezuela, pues como he estudiado ingeniería mecánica, aunque por la cuestión de la revolución y por las protestas estudiantiles no he concluido todas las asignaturas, pero solo me faltan cuatro para terminar la carrera, además sé que en los campos petroleros y en las refinerías de ese país necesitan técnicos.

Lucas fue el último en pronunciarse:

Me gustaría ir a la tierra de Bolívar, pues en una ocasión escuché hablar a mi padre, cuando conversaba con un cultivador procedente de las Islas Canarias, quién le contó que en esa tierra aprecian a los agricultores y les facilitan tierras para que las cultiven y me gustaría desplazarme a ese lugar.

Al día siguiente acudimos al Centro Cubano para reunirnos con su directiva, a quienes les expusimos lo que cada uno pretendía, y que esos eran nuestros pensamientos, pero si ello no fuera posible, que nos aconsejaran lo que consideraran mejor.

El presidente se quedó un buen rato pensando y a continuación nos dijo:

Es muy viable acometer los planes que nos han expuesto. Al pescador le vamos a buscar un salvoconducto de exiliado con el gobierno dominicano, una vez que tengamos la documentación en regla, lo recomendaremos a una compañía pesquera española que esta faenando con base en puertos dominicanos y que contrata pescadores de la zona. Los planes de Tomás y de Lucas, los presentaré mañana en la Embajada de Venezuela, expondré sus casos y solicitaremos la condición de asilado, espero que en unos días tengamos la documentación en regla.

Nos marchamos muy contentos del Centro, pues veíamos que nuestros problemas se iban solucionando, aunque nos quedaba la angustia de la espera, pero nosotros respetábamos las reglas de comportamiento que nos recomendó el Comité. Pasados unos días nos avisaron que pasáramos por la tarde por las oficinas, pues tenían novedades que comunicarnos, los tres nos pusimos muy nerviosos ya que no sabíamos que sucedía, cuando llegamos al Centro nos comunicaron que ya estábamos regularizados, solo faltaba lo que el destino inmediato nos tenía reservado para el futuro, pero hasta ese momento todo había salido bien. Lucas y yo salimos vía marítima con destino a Venezuela, Nicolás consiguió embarcar en un pesquero.

Cuando llegué a Maracaibo, los exiliados de esta ciudad me buscaron trabajo en una refinería de Cabimas, que es donde me encuentro. Lucas consiguió llegar hasta el Tocuyo, donde sigue cultivando una tierra, y Nicolás me escribió hace unos días y me cuenta que continúa en el pesquero español y que el próximo mes se iba con ellos para Galicia, en España. 

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