Capítulo 31 de Pudo ser un Undercover: Novela por Entregas

Pudo ser un Undercover: capítulo 1
Pudo ser un Undercover

Luego de leer 30 capítulos es momento de compartir el Capítulo 31 de Pudo ser un Undercover, del escritor V. M. Bongutz. Centros psiquiátricos para qué?

 

 

 

31

 

Una singladura ajetreada

 

Como en anteriores viajes, tanto los puertos como las travesías se diferenciaban muy poco unas de otras, algunas de las singladuras transcurrieron con buen tiempo y a otras se les podría clasificar como de tiempo infernal, especialmente en la época de los huracanes por el Caribe. Jin, en sus múltiples viajes, más de uno había vivido, pero en su turno de palabra en las tertulias siempre contaba uno que recordaba de manera especial y fue el que sufrió el buque después de una salida de San Juan.

Jin siempre lo relataba  más o menos igual: -El mar se presentó furioso, para demostrar su impetuosidad levantaba olas de más de 10 metros de altura, el rugir del viento era atronador y soplaba con una fuerza descomunal, haciéndose sentir a más de 150 kilómetros por hora.

El capitán ordenó asegurar todos los compartimentos, convirtiendo cada uno de ellos en estancos e independientes, prácticamente no dormíamos a bordo, todos sin excepción estábamos pendientes del tiempo. Se ordenó reducir la velocidad de las máquinas a un cuarto de su potencia y el rumbo se mantenía a expensas de lo que la mar ordenase, ella era quien mandaba en realidad. No se podía ver el cielo, el horizonte que se avistaba desde el puente eran las enormes olas que se levantaban más altas que la arboladura del buque. No sabíamos bien donde nos encontrábamos, para males mayores, el temporal desmanteló las antenas de radiotelegrafía y radiotelefonía. Persistió esta agonía durante casi tres días en los que permanecimos casi a la deriva.

Pasada la tempestad, lo primero que hicimos fue valorar los daños, en segundo lugar el capitán ordenó al primer radiotelegrafista que tratara de comunicarse por alguna frecuencia con la emisora portátil que para casos de emergencia se lleva en los buques, posteriormente se fijaría la posición donde se encontraba la nave. De los cálculos efectuados y de las observaciones astronómicas realizadas obtuvimos un resultado que nos situaba al norte de Puerto Rico a una distancia 480 millas, eso significaba que nos encontrábamos a mitad de la ruta hacia las Bermudas. Pasada media hora, se pudo establecer la comunicación con una emisora costera de Puerto Rico, se trasmitieron las novedades y se puso en antecedentes de lo que había sucedido, ellos a su vez nos comunicaron que hacía dos días nos buscaba el servicio de guardacostas norteamericano con base en Puerto Rico.

El capitán les pidió que le notificaran al consignatario esas novedades y que realizara las gestiones oportunas para efectuar las reparaciones, además tanto el pasaje como la tripulación estaban bien, así mismo habían perdido parte de la arboladura, entre ellas las antenas de la radio. En estos momentos, el rumbo estaba fijado hacia el puerto de San Juan y navegamos con nuestros medios, de nuevo el capitán reiteró la necesidad de realizar los arreglos necesarios para continuar con la ruta prevista, especialmente la reparación de las antenas y el sistema de comunicación. Así mismo se solicitó que trasmitieran ese mensaje a la compañía en Madrid, ya que se estaban comunicando con la radioemisora portátil y no tenía potencia suficiente. Después de esta conversación continuaron con rumbo hacia Puerto Rico a toda máquina y después de unas 28 horas de navegación, se realizó la entrada en San Juan.

Permanecimos dos días en este puerto para concluir todas las reparaciones. En los periódicos de la mañana se dio cuenta de la noticia, ya que ese trasatlántico español era habitual en ese puerto, los curiosos se acercaban al muelle para comprobar por sí mismos los daños sufridos por el buque. David se personó a bordo para preguntarle a Jin si necesitaban alguna cosa y se ponía a su disposición, no solo para él sino para cualquiera de los tripulantes.

Nuestro personaje le agradeció este gesto y lo invitó a almorzar en el barco, cuestión que le resultó muy agradable a su amigo, pues tuvo la oportunidad de conversar con los demás oficiales y con el capitán. Una vez concluido el almuerzo el profesor les propuso si les apetecía por la noche pasar un rato agradable en el Hotel Intercontinental, donde había un espectáculo bastante bueno, además la orquesta que amenizaba las veladas estaba formada por músicos puertorriqueños de la Escuela Superior de Música de San Juan, quienes habían sido alumnos suyos. Algunos aceptaron la invitación del profesor, por lo que este les preguntó: -si les venía bien a las 8 p.m.-, a lo que todos contestaron que a esa hora estarían listos.

Al día siguiente a las diez de la mañana llegó David a bordo y le preguntó a Jin si no tenía obligaciones y podía salir, él le respondió que no tenía problema porque su turno de guardia comenzaba a las 16:00 horas, por ello se propusieron dar un paseo por el viejo San Juan. Desembarcaron y una vez cruzaron el muelle, tomaron la calle La Marina, allí ya se encontraban en pleno casco antiguo de la ciudad, pues esa parte de San Juan forma como una pequeña península, por lo que ese sector se adentra en el mar, esa fue una de las razones para que ubicaron el Castillo del Morro. Continuaron caminando hacia el oeste hasta encontrarse con el paseo Gilberto Concepción de Gracia.

Ya por esa zona comenzaba a apreciarse la rica herencia colonial, las fachadas de sus casas pintadas con una amplia gama de colores le confieren a ese barrio una apariencia de arco iris. Una vez rebasado el paseo giraron a la derecha para enlazar con la calle Puerto Rico, siguieron con su caminata hasta alcanzar la calle Recinto Sur, todas estas calles recordaban las viejas calzadas y plazas castellanas con sus pavimentos adoquinados, después de que habían recorrido un trecho giraron a la derecha para alcanzar la calle Sol, cuando llegaron a la segunda cuadra giraron a la izquierda para desembocar en la calle del Cristo.

En la parte alta de esta travesía, se encontraba la muralla, desde donde podía apreciar una panorámica del puerto. Como todavía era temprano, David le dijo:

Nos vamos a acercar hasta la Iglesia San José, esta fue, según creo, la segunda iglesia que se construyó en América, los terrenos donde está erigida pertenecieron a la familia Ponce de León quien los donó para tal fin. Aquí podemos encontrar el arte barroco en su periodo tardío, al que se le agregó un poco del carácter caribeño de la zona.

Una vez concluyeron la visita a la iglesia continuaron la caminata hasta situarse a la entrada del restaurante  “El Picoteo Tapas y Paellas”, el propietario era un viejo conocido de David, quién los recibió con alegría, los invitó a pasar a la barra donde les sirvió Cuisine: Sp      unas cervezas frías para que refrescaran la garganta e hicieron tiempo para almorzar. Ya repuestos de la caminata, su amigo lo animó para que le contara cosas de su anterior visita a La Habana, a lo que nuestro protagonista accedió, así mismo le comentó que estuvo hablando con Juan en Barcelona y tuvo la oportunidad de hacerle un amplio relato de lo acaecido en su pasada estancia en Cuba.

Toda esta conversación tuvo lugar mientras se refrescaban con las cervezas, a continuación pasaron al comedor para almorzar y seguir hablando. En el comedor no había mucha gente, lo que le confería mayor intimidad y podrían charlar con mayor tranquilidad. Jin comenzó relatando la problemática de la psiquiatría en Cuba:

Todo empezó por la conversación que estaban manteniendo dos milicianos que prestaban la guardia de portalón, uno decía: “que si a los bobitos lo atiende el médico de casa”, a lo que contestaba el otro: “no, los atiende el psiquiatra”, y de esa cuestión no salían, pero entre las frases capté que nombraron un nuevo centro operativo para el ejercicio de la psiquiatría, pero lo que no me cuadraba era que estuviera controlado por los militares.

David se mostró muy interesado y lo animó para que continuara.

Prosiguió nuestro protagonista:

También sentí curiosidad y, cuando la ocasión me fue propicia, invite a uno de los milicianos a tomarse algo en el comedor de oficiales, pero como los dos querían ir, resolví el dilema diciéndoles que primero uno y después el otro, “los invito a los dos pero saben que el portalón no se puede quedar sin vigilancia”, además añadí, “si viniera el jefe, ¿cómo creen que reaccionaría y cómo quedaría yo por incitarlos a abandonar la guardia?” Al final los milicianos se conformaron con la solución que les propuse.

Durante la conversación con los milicianos deduje que se estaba montando un centro de tratamiento de enfermedades psiquiátricas, lo que no me cuadraba era que estuviera auspiciado y dirigido por los militares y que famosos especialistas extranjeros estuvieran colaborando con su instalación. Pero lo de los militares, despertó aún más mi curiosidad, por lo que me fui a visitar a don Andrés, un médico amigo, para preguntarle si sabía algo del proyecto. El doctor al principio se asustó un poco y me dijo que no me preocupara de ese asunto que nos podía costar caro a los dos si seguía por ese camino, pero al final me facilitó la información que él tenía de ese tema.

Nuestro protagonista le expuso todo el asunto a su amigo, tal y como se lo había referenciado el doctor, por lo que David se quedó muy pensativo y solo pudo decir:

Esto me recuerda lo leído sobre el régimen nazi y el principio de la implantación del comunismo en la Unión Soviética, luego agregó, en La Guaira te visitará un amigo que se llama Michael, tal y como te lo adelantó Juan en Barcelona.

Terminaron el almuerzo y se dirigieron al barco, Jin se incorporó a su guardia, por su parte, David se quedó charlando con otros oficiales. Durante la guardia, nuestro marino se enteró de que se había restablecido la comunicación con la compañía y el “Jefe de Flota”, desde Madrid, les había comentado una anécdota que ocurrió, como consecuencia del huracán y el fallo de las comunicaciones, la historia fue la siguiente:

Al permanecer tres días con la radio muda y conociendo el paso del huracán por el Caribe y que el buque se encontraba por la zona, los periódicos en España publicaron el suceso y la posible pérdida del trasatlántico, inclusive algunos medios entrevistaron a las esposas de tripulantes y en la conciencia colectiva daban por hundido al barco. Como consecuencia de ello, al tercer día se presentaron en la oficina de la compañía varias señoras de tripulantes, vestidas de riguroso luto, con el ánimo de cobrar la indemnización y arreglar la pensión de viudedad, lo que no deja de ser curioso.

Una vez finalizadas las reparaciones se hicieron a la mar y como en otras ocasiones la travesía de San Juan hasta La Habana se realizó sin mayores problemas, el mar estaba en calma, el sol lucía con un brillo resplandeciente, sus rayos penetraban en las aguas caribeñas y en su reflujo sobre las mismas adquirían un color turquesa. Además en esa época del año hacía bastante calor, por lo que se recomendaba estar el menor tiempo posible en cubierta sin una buena protección. Transcurridos apenas tres días ya se encontraban en la entrada de la bahía de La Habana.

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