Capítulo 26 de Pudo ser un Undercover: Novela por Entregas

Pudo ser un Undercover: capítulo 1

Pudo ser un Undercover

 

Luego de leer 25 capítulos es momento de compartir el Capítulo 26 de Pudo ser un Undercover, del escritor V. M. Bongutz. Cómo reaccionan los cubanos ante el avance de la Revolución?

 

 

 

 

26

 

Una nueva travesía desde América a Europa

 

Como en viajes anteriores se efectuó la salida de San Juan a las 18:00 horas, al principio en régimen de poca máquina hasta llegar a la bocana de la bahía, una vez se rebasaron los baluartes defensivos de la ciudad, que en otras épocas eran garantes de su seguridad y salvaguarda de vidas y haciendas, se ordenó “a toda máquina”, a los pocos minutos el buque adquirió su velocidad de crucero, o sea, unos 18 nudos. La travesía se presentó apacible y tranquila, ya que la mar estaba en calma y el sol lucía en todo su esplendor, siempre brillante y caluroso ya que se trataba del sol del Mar Caribe. La mar reflejaba el color del cielo, que en estas latitudes se teñía de un azul intenso al combinarse con la negrura abismal que se alcanza por esas zonas. Mientras la bóveda celeste se encontraba transparente y limpia y se traducía en un azul tenue que trasmitía tranquilidad y sosiego.

Por regla general, el tiempo en el Caribe es bueno, salvo cuando sufre el azote de los huracanes. Pero cuando la meteorología es favorable, se puede contemplar ese bello espectáculo durante el trascurso del día. Cuando llegaba la noche, el escenario cambiaba sustancialmente para presentarnos otro espectáculo que nos hacía gozar de una función maravillosa. En esta ocasión, la cúpula espacial presentaba un panorama nocturno que dejaba ver todo su esplendor, las múltiples estrellas brillaban como puntos luminosos en la noche limpia y tranquila, desde el principio de los siglos, cuando se produjeron las primeras singladuras y la humanidad comenzó a surcar los mares, los navegantes contaron, desde siempre, con un faro guía en ese firmamento infinito, el cual los conducía y orientaba hacia puerto seguro, su resplandeciente fulgor sobresalía sobre los demás. Los marinos le procesaban devoción y mantenían en su mente el nombre de este faro celestial “La Estrella Polar”, quien siempre ha marcado el derrotero norte de sus rumbos.

Durante dos días con sus mañanas y sus noches han gozado de este magnífico y variado espectáculo que les ofrecía la naturaleza. El escenario lo componía el inmenso mar, servía de atrezo para la iluminación el brillo de su bóveda celeste, de actor principal ejercía el buque, mientras que los marinos se convertían en espectadores privilegiados y el trasatlántico impasible continuaba su ruta.

Se habían cumplido las horas de navegación y, cuando el reloj de a bordo marcaba las diez de la mañana, ya el trasatlántico se encontraba en la bocana de La Habana, durante poco más de media hora permaneció en espera de la llegada del práctico, quién lo conduciría a su atraque habitual, el muelle de pasajeros, la maniobra concluyó a 12:00 horas.

Como de costumbre se personó la policía marítima, pero en esta ocasión le acompañaba el “El Chino”, máxima autoridad portuaria, quién conversó largamente con el capitán; como era la hora del almuerzo fue invitado a comer, lo cual aceptó gustoso.

Durante la comida se abordaron, al principio, diferentes temas sobre la navegación y el buen tiempo del que estaban gozando, así mismo se sacaron a relucir las novedades de España, pero a la media hora, la charla derivó hacia la conversación que había mantenido anteriormente con el capitán. La misma hacía referencia a los acontecimientos que se estaban produciendo por la zona de Escambray, lo que llevó a “El Chino” a dar una explicación:

Tenemos noticias de que unos revoltosos y bandidos están asaltando y perjudicando a los habitantes por la zona de Oriente. El gobierno ha puesto en marcha una serie de restricciones en los viajes por carretera, por ello, se creyó conveniente dar escolta militar a los vehículos de uso público, lo que perturbará algunos de los horarios establecidos y como consecuencia los pasajeros que debían embarcar en estos días, demorarán su llegada a La Habana, por tal motivo, ya le he comunicado al consignatario que el buque, en esta ocasión, tendrá que permanecer en la ciudad, por lo menos un día más, lo que supone un atraso para la ruta normal del trasatlántico.

Continuaron charlando de la problemática que estaban creando estos revoltosos y algunas cuestiones sin mayor importancia hasta llegar al final del almuerzo.

Ya por la tarde, Jin se desplazó a visitar a la familia del médico amigo suyo, quienes lo recibieron con su acostumbrada amabilidad. En el encuentro, además de trasmitirles noticias de los suyos, también les entregó un paquete con obsequios que le enviaba desde España don Julián, un colega de profesión que se encontraba, como recordarán, ejerciendo en Barcelona.

El doctor inició la conversación para referirle las novedades acaecidas en el transcurso de los cuarenta días que le había ocupado la ruta:

En Oriente se están produciendo levantamientos, aunque la ciudad está tranquila, pero eso es debido a que la situación está dominada por la actuación de la policía y el miedo que están infundiendo en la ciudadanía, los atropellos y coacciones se suceden cada día, y como consecuencia de ellos se respira cierta calma.

En una pausa, Jin animó al doctor para que le contara los últimos acontecimientos, y le hizo partícipe de la conversación que, durante el almuerzo, tuvo lugar con el jefe de la policía portuaria y también le contó la demora que sufriría la salida del barco.

Entonces, don Andrés comenzó a relatarle los sucesos que se estaban produciendo por la provincia de Oriente:

Aunque los periódicos del nuevo régimen no dicen nada de este asunto, a mí me viene informando un colega de la ciudad de Santa Clara que ejerce sus funciones en el hospital de esa ciudad, él me refirió las escaramuzas que se están desarrollando por esa zona, todo es fruto del descontento que se está produciendo en la ciudadanía.

Te voy a contar la crónica que me realizó Manuel, el doctor de Santa Clara:

Al principio, con la entrada de Fidel, primero en Santiago de Cuba y a los pocos días en La Habana, y según las promesas que había realizado, todo se prometía muy feliz por  habernos librado de la tiranía de Batista. Los únicos descontentos se producían entre los que vivían al lado del régimen y no me refiero a los funcionarios de los estamentos gubernamentales como podrían ser los enseñantes, los profesionales de la medicina y otros muchos, que servían a la ciudadanía con dedicación y esmero, sino a los aduladores y vividores del régimen, a quienes se les había acabado su parasitaría existencia.

Pero pronto comenzaron los fusilamientos, encarcelamientos y juicios sumarísimos sin control y sin el más mínimo amparo de la justicia. Las primeras voces fueron las del clero, que en sus homilías y sermones pedían que estas prácticas cesaran, a estas peticiones se unieron algunos medios de comunicación, quienes demandaban una justicia justa, con garantías y basándose en los principios de la Constitución del 40. Esta postura no gustó a los nuevos mandatarios y no tardaron en aplicar las represalias, con ello se desarrolló una vorágine de violencia, de muy graves consecuencias, que dio paso a que la prensa internacional se ocupara del caso cubano.

Así mismo, una ingente cantidad de ciudadanos se vio afectada, de alguna manera, por todos estos atropellos, además, se comprobó que las autoridades no hacían nada por remediar la situación, y muchos de ellos volvieron a las sierras para presentar batalla a estas injusticias. A esos son a los que denominan bandidos.

Prosiguió don Andrés con el relato de su colega de Santa Clara:

No quiero entrar en detalles de nombres y apellidos, porque muchos de ellos son conocidos, pero en el hospital se le presta atención a muchos de los nuevos alzados de esa sierra, lo mismo que a los milicianos. Tanto los unos como los otros, heridos de más o menos consideración, van llegando continuamente como consecuencias de las escaramuzas y golpes de la nueva guerrilla, que propician la llegada a urgencias de cantidad de heridos de ambos bandos.

Continúa el doctor con su relato:

En la ocasión de que el paciente fuera un contrarrevolucionario, que a juicio de los jefes milicianos estuviera considerado como importante, lo debían ubicar, por órdenes superiores, en la sala más alejada, donde mantenían una vigilancia continua. En la ocasión de que uno de estos sublevados fuera considerado peligroso por los mandos castristas, lo desaparecían en plena noche. Los enfermeros manifestaban que los argumentos que esgrimían los milicianos para llevárselos eran simplemente que tenían órdenes de la superioridad para realizar un traslado a la capital, pero pasado un tiempo no se oía hablar más de ese herido, lo que hacía suponer a la mayoría de los miembros del hospital que lo habían desaparecido.

Con el relato de estos episodios concluye la charla de don Andrés.

Jin se despide de su buen amigo el doctor y le promete que a su llegada a Barcelona le dará sus saludos y estas noticias a su amigo y colega don Julián.

En el segundo día de la estancia en La Habana, a Jin le asignaron el turno de mañana, durante su guardia se debía ocupar de los asuntos que se produjesen a bordo y de cualquier problema que se suscitara, pero a decir verdad eran pocos, por no decir ninguno. En sus habituales rondas por cubierta, se detenía y hablaba con los milicianos que permanecían como custodia del buque, en una de esas conversaciones Jin les preguntó:

¿Qué está pasando en Escambray?

 Uno de los vigilantes se prestó a explicarle lo que a su entender estaba sucediendo, pero como estaba aleccionado al respecto comenzó diciendo:

Tú sabes mi oficial como es la cosa, todo es culpa de los gringos, que no quieren a nuestro comandante, lo quieren desacreditar a él y a nuestra revolución, con mentiras y difamaciones que nos están perjudicando, los jefes de ese gobierno imperialista están en contra del pueblo cubano. Ahorita están intoxicando a la ciudadanía para que se alce, están preparando a los rebeldes para que combatan a nuestro gobierno y les dan plata y les dan armas para que hagan terrorismo y acciones que perjudiquen a nuestro comandante, pero ellos no saben que estamos con Fidel hasta la muerte.

Interviene el otro miliciano que hasta ese momento solo escuchaba lo que su compañero estaba diciendo:

Los contrarrevolucionarios están manejados por los estadounidenses, que les proporcionan dinero y armas, las bandas de estos bandidos se han refugiado en esas montañas, pero también hay otros por Pinar del Río.

Continuó explicando la situación este segundo miliciano, al parecer conocía bien este asunto, por lo que Jin lo animó a que le contara más de los hechos que se estaban produciendo, y para ello, le comentó:

Ayer el jefe nos explicó que el buque permanecerá un día más en el puerto como consecuencia de los sucesos que se están protagonizando por Oriente.

Este comentario sirvió para que los servidores de la revolución se animaran a seguir hablando, por lo que el segundo miliciano prosiguió con la charla:     

Estas primeras bandas de malhechores están siendo combatidas por nuestros compañeros de la Policía Rural Revolucionaria, a quienes se les han unido una serie de voluntarios de la milicia obrera y campesina, esta incorporación fue muy importante, pues son conocedores de la zona y de esas montañas, con ello realizaran una buena limpia y acabarán con esos contrarrevolucionarios.

Con esta explicación dieron por concluida la exposición.

Nuestro marino, en agradecimiento, los invitó a tomarse algo en el comedor de oficiales, pero cada vez debía acudir uno, pues no podían abandonar el puesto al bajar los dos al mismo tiempo.

En la intimidad del comedor de oficiales, Jin aprovechó la situación para plantearle al que él percibía como más informado de los dos:

¿Es tan grave la situación por la que se está pasando?,

A esta pregunta el miliciano le manifestó:

Mire mi oficial, no quiero comprometerme porque eso me podría costar muy caro, pero algunos de nuestros jefes de tropa también se han ido a las montañas por que no están de acuerdo con tantos fusilamientos y venganzas personales que se están produciendo. De manera particular, estoy de acuerdo con que se debe hacer justicia y que la situación anterior no debía continuar, pero la persecución que se está realizando sobre aquellos que no estén de acuerdo con la política que impone el gobierno es demasiada, y con ese sistema volvemos a lo mismo.

Continúa diciendo:

Me uní a la guerrilla siendo estudiante de ingeniería en la Universidad de Santiago y formaba parte de un grupo contrario al gobierno de Batista, me vigilaban tanto a mí como a mis compañeros, pero si nos apartábamos de problemas políticos no teníamos nada que temer. Por el contrario, si los servicios secretos pensaban que estábamos conspirando nos llevaban al retén y en un par de días nos soltaban y todo quedaba en un susto. Ahora está pasando otra cosa muy distinta, le hablo así porque sé que estamos en confianza y no me va a perjudicar, pero veo que la cosa no ha cambiado.

Y con estas palabras termina su conversación y regresa a cubierta a continuar con su vigilancia.

Transcurrían los días en La Habana sin mayores contratiempos, solo el hastío llevaba esas jornadas, las cuales se iban sucediendo y constituían una verdadera rutina, los tripulantes cumplían con las obligaciones que tenían atribuidas y poco más. Los pocos pasajeros que continuaban a bordo, y cuyo destino final era Cartagena de Indias, realizaban algunas visitas a la ciudad; en ocasiones les solicitaban a los tripulantes si los podían acompañar a tierra, ya que estos eran conocedores de la capital de Cuba.

En el cuarto día, en horas tempranas, se personó el jefe de la policía marítima y les comunicó que a las diez de la mañana se procedería el embarque de los pasajeros, pues la gran mayoría ya estaban dispuestos en las dependencias de aduanas. A la hora que se había previsto comenzó la llegada de los pasajeros, que en esta ocasión representó un total de 526 entre adultos y niños; treinta y dos se dirigían a Colombia, el destino de sesenta y seis sería Venezuela y el resto continuaría viaje hacia Europa. Una vez concluido el embarque, se procedió a arranchar el buque y se inició la maniobra de salida.

Después de unas horas de navegación, ya se había rebasado el litoral de la Isla por su parte occidental, por lo que se ordenó un cambio de rumbo y se marcó el derrotero de las coordenadas del puerto colombiano. El buque continuó alejándose de la costa cubana y apenas se distinguían en la lejanía las montañas cubanas, muchos de los pasajeros no podían reprimir su nostalgia, incluso entre las señoras afloró alguna lágrima.

Por su parte, Jin, que se encontraba libre de guardia, comenzó a conversar con algunos pasajeros, dándoles ánimo.

A los que su destino era Colombia les manifestaba:

Solo serán un par de días de viaje y estarán con otros compatriotas.

Para los que su destino era la patria de Bolívar les expresaba:

Un día más después de que hayamos salido de Cartagena y ya estarán con los suyos.

Cuando conversaba con los que iban para España, les recomendaba:

Tengan un poco de paciencia, pues en el buque no se pasa mal, todo es cuestión de acostumbrarse. -Además, añadía- Hay muchos entretenimientos a bordo con los que pasar el tiempo. Y completaba su conversación haciendo referencia de su tertulia.

Ya por la tarde se incorporaron los primeros tertulianos que tomaron asiento en la acostumbrada mesa de estribor. Se inició la primera charla, fue la de un matrimonio proveniente de Santa Clara, quienes comentaron que se dirigían a la isla de La Gomera. Jin les informó:

Una vez en Tenerife deben tomar un barco que le llevará a San Sebastián de La Gomera. Ellos le contestaron:

En Santa Cruz nos está esperando un primo que vive en la capital y pasaremos un par de días en su casa.

Luego intervino otro matrimonio con dos hijos, manifestaron que iban a Moaña en Galicia y procedían de Holguín -así mismo, añadieron- tenemos familiares por allí, que nos acogerán.

Nuestro protagonista, después de esta primera introducción, les invitó a tomarse alguna cosa y le pidió a Pepito, el barman, que les sirviera lo que les apeteciera a cada uno. Una vez en la mesa, se sumaron dos sacerdotes cuyo destino era Navarra, también tomó asiento un señor mayor que se presentó como Abilio, y añadió:

Procedo de Pinar del Rio, y vivía en mi propia casa y hacienda pero inmediatamente aclaró lo de “vivía” porque los milicianos me usurparon mi vivienda y mis posesiones, ahora me dirijo a la isla de La Palma, donde cuento con familiares. Igualmente se sumó una señora, que al parecer viajaba sola, dijo que venía de Manicaragua, provincia de Las Villas.

Una vez que todos se conocieron, comenzó Jin a informarles de las diferentes etapas del viaje y del tiempo que encontrarían en la ruta, aunque no en toda, pues quedaban por delante muchas singladuras, que se contabilizaban entre entradas y salidas de los puertos y los días de navegación, más de quince días hasta llegar a Canarias, y el parte meteorológico, que normalmente recibían vía radio, realizaba un pronóstico solamente de 3 a 4 días, pero de todas maneras él les iría informando.

Uno de los sacerdotes comenzó a hablar, dijo llamarse Lucas y comenzó diciendo:

La situación en la Isla se está complicando, aunque se respire un aire de aparente tranquilidad, esto es debido al miedo que se ha apoderado de la población. Cualquier excusa es suficiente para realizar una detención, si creen que eres sospechoso de ir contra los principios de la revolución. Tanto al padre Javier como a mí nos recomendaron que nos marchásemos,  pues no era grata nuestra presencia en Cuba. Todo se debió a que en algunos de nuestros sermones solicitamos indulgencia para los detenidos, que se procurara algo de consideración con los presos, especialmente con los de carácter político. Esto fue suficiente para que le presentaran protestas al obispo, además, añadían veladas amenazas. Nuestros superiores, para evitar males mayores, consideraron conveniente que nos tomáramos unas vacaciones por unos meses en nuestra Navarra natal, que viésemos a nuestros familiares y ayudáramos en las parroquias de nuestros barrios.

A continuación tomó la palabra el señor mayor de nombre Abilio que había manifestado residir en Pinar del Río.

Los tertulianos le pidieron que narrase los acontecimientos que por allí se estaban produciendo, pero primero comenzó contando algo de su vida:

Terminada la guerra de España, me licenciaron del ejército y volví a la isla de La Palma, donde había nacido y, además, tenía a mis padres que, aunque eran mayores, todavía se podían valer por ellos mismos. El porvenir en mi tierra, después de la contienda, no se presentaba prometedor y muchos jóvenes buscaron una mejor vida en América, unos marcharon a Venezuela, otros a Argentina, algunos a Santo Domingo y un pequeño grupo optó por Cuba, entre los que me encontraba. La mayoría de este grupo se radicó en Pinar del Río, pues allí había otros canarios, que habían emigrado por los años 20, la gran mayoría se dedicaba a la agricultura y al cultivo del tabaco. Desde el principio trabajé duro, primero como jornalero, más tarde como precarista, pasados unos años compré un par de caballerías (medida de superficie), que dedicaba al cultivo del tabaco, donde había adquirido cierta experiencia y prestigio para mis hojas.

Cuando empezaron las luchas contra la dictadura de Batista, algunos de mis compatriotas se alistaron en la guerrilla, otros continuamos cultivando la tierra y desde nuestras casas proporcionábamos alimentos a los combatientes. Una vez concluida la lucha y  asentado el nuevo poder, a los pocos meses empezó nuestro calvario, pues nos decían que podíamos perder nuestras tierras, comenzaron por obligarnos a entregar las cosechas. La gran mayoría de nosotros no podía creer lo que estaba sucediendo, pues los postulados de la revolución eran otros, como libertad y justicia para todos.

Continúa Abilio:

Pasado un tiempo comenzaron las expropiaciones y los abusos de poder, muchos de los que habían combatido a Batista y algunos de los que habían contribuido a derrotar a la dictadura se echaron al monte. Entre los cabecillas se encontraban dos amigos míos, uno era Esteban y el otro Francisco, pero, como en los pueblos pequeños todo se sabe, pronto los milicianos y la policía secreta se enteraron de mi amistad con esos alzados, por ello me tenían constantemente vigilado y en más de una ocasión realizaron registros en mi casa, esto no constituía un problema para mí, pues no tenía nada que esconder y me encontraba tranquilo, pero para mi esposa y mis hijos suponía un suplicio.

Prosiguió con su charla:

Hace un mes los envié para Canarias a la residencia de un familiar, me quedé en mis tierras con el fin de dejar todos los asuntos arreglados, pero no me dieron opción a ello, pues vinieron y me desalojaron. Ahora me encuentro en este buque para reunirme con el resto de mi familia.

Antes de que interviniera otro de los tertulianos, Jin les manifestó:

Es muy interesante lo que se está contando aquí, pero en unos minutos nos llamarán para el almuerzo, por lo que los emplazo para las 16:00 horas, para tomar café o té y continuar con estas charlas tan amenas.

A la hora acordada todos los tertulianos estaban de nuevo en torno de la mesa de estribor:

Tomó la palabra el esposo del matrimonio que dijo venir de Oriente:

Tenemos dos hijos que viajan con nosotros, nací en Galicia y emigré siendo muy joven, contraje matrimonio en Cuba, mi esposa es cubana de padres gallegos y residíamos en Holguín. Después de finalizada la revolución se nos hizo todo muy difícil al ser dueños de un negocio de víveres de cierta importancia, aunque empecé desde abajo y trabajando mucho para conseguir cierta prosperidad.

Continuaba hablando el gallego, que por cierto dijo llamarse Ramiro:

Por el mes de mayo nos percatamos de que, con la reforma agraria, la cosa no pintaba bien, pues a algunos conocidos míos poseedores de tierras se las habían despojado. Las negociaciones con los bancos ya no se realizaban con libertad, pues habían colocado a unos interventores que querían saber todo sobre cualquier operación que realizáramos, de manera especial las importaciones de productos extranjeros, las cuales se debían justificar ampliamente, también se comentaba que el gobierno estaba poniendo cooperativas de consumo y las denominadas tiendas del pueblo; de continuar por ese camino, los comerciantes tradicionales pronto nos veríamos desalojados de nuestros negocios. Todos estos problemas me los explicaba mi compadre que me dio un consejo: “Compadre márchese sí tiene oportunidad, porque yo voy otra vez para la sierra a luchar, porque aquí se están cometiendo muchas injusticias y no he peleado contra Batista para que ahora volvamos a lo mismo, y sabe una cosa, si puede váyase para Galicia, que allí todavía tiene alguna familia y podrá educar a sus hijos en libertad”.

Prosigue Ramiro:

Siguiendo el consejo de mi compadre liquidé lo que pude y unos ahorritos que tenía, que por suerte no había depositado en el banco, escribí a la familia y ellos también me aconsejaron que volviera y me ofrecieron una casa donde vivir.

Con esta última parte puso fin a su charla, y también concluyó la tertulia de ese día.

Al día siguiente, en horas de la mañana, se reunieron de nuevo los tertulianos, al principio se realizaron una serie de comentarios de lo hablado el día anterior hasta que la señora que viajaba sola y procedía de Manicaragua, comenzó a hablar:

Mi nombre es Tomasa y viajo sola porque a mi marido lo mataron en las cercanías de Sancti Spiritus, él no era soldado, se dedicaba a conducir camiones para los militares, lo contrataron como a otros civiles para que llevara suministros desde Santa Clara hasta las estribaciones de Sierra Maestra con pertrechos para el ejército que luchaba por esa zona. En una ocasión, el convoy cayó en una emboscada de los guerrilleros en la cual mataron a la mayoría y se apoderaron de los vehículos. Cuando los milicianos, en su avance hacia Santa Clara, ocuparon la zona donde vivía, se enteraron que yo era la viuda de uno de los chóferes del contingente de camiones, continuamente se burlaban de mí y hacían chistes que no venían a cuento, ya que mi esposo solo cumplía con un trabajo para ganarse la vida.

La señora Tomasa hizo un alto en su narración, como si estuviera reflexionando lo que iba a contar de su sufrida existencia, tras esos breves momentos de indecisión continuó:

Ante tanta desdicha y algunos desprecios de mis paisanos, encontré apoyo en la familia Ventura que me acogió como un miembro más de la familia. Estos amigos eran agricultores importantes de la zona, mi esposo fue conductor de uno de sus camiones. Durante el tiempo que permanecí en esa casa, recuperé la calma y el sosiego, pero esto duró poco tiempo. Por esas fechas ya se habían asentado los contrarrevolucionarios en las estribaciones de Escambray. Como consecuencia de ello, un buen día se presentaron en la casa de la finca unos mandos milicianos acompañados por fuerzas rurales, esgrimiendo razones tácticas de guerra de guerrillas y presuponiendo que la situación de la propiedad pudiera servir como apoyo a los bandidos que operaban por la zona, por ello confiscaban la propiedad y todos sus bienes, desde ese momento ese territorio se declaró zona de guerra. Le anunciaron a la familia que tenían que abandonar la casa, con el tiempo justo para que sacaran lo imprescindible y saliesen de allí, además, dejaban un retén de unos hombres como custodia del lugar, pero si en ese tiempo les ocurría algo a los milicianos, la responsabilidad recaería sobre todos los miembros de la familia.

El cabeza de familia le recordó al mando que si no se acordaba cuando en los años de lucha contra Batista les prestó apoyo y refugio en más de una ocasión, le reiteró que preguntase a los milicianos que operaban por estas tierras, especialmente, al comandante Cubela, pero el mando miliciano no entraba en razones y solo decía:

Ahora son otros tiempos y la revolución no se pone en peligro por unos pocos, aquí la mayoría manda.

Continuó la viajera de Manicaragua con su historia:

A los doce días del primer suceso se presentaron unos personajes que se identificaron como del Ministerio del Interior y dijeron que ya se había cumplido el plazo y debíamos abandonar la propiedad, tanto los dueños de la casa como yo recogimos nuestras pertenencias y nos marchamos, en esta ocasión regresamos al pueblo y me toco a mí servir de anfitriona. El esposo de su amiga estaba en el campo para agrupar el ganado y no sabía lo que estaba ocurriendo en la casa y con su familia. Ya por ese entonces, la zona se convirtió en un infierno, los desalojos de campesinos eran constantes, a muchos ni siquiera les daban opción de quedarse en su pueblo, sino que debían abandonar la provincia, los reubicaban de manera forzosa en otro lugar, quitándolos de sus amistades y el arraigo con la tierra que los vio nacer, y a otros los encarcelaban por que los consideraban colaboradores de los alzados.

Después de esas vivencias, decidí irme para La Habana, donde contaba con algunos familiares, un amigo de uno de ellos trabajaba en la Embajada de España y vio mi situación comprometida, planteó el caso a un funcionario, quién le recomendó que si tenía familiares en España y podían reclamarme, ellos harían el resto. Con esta perspectiva me puse en contacto con unos familiares de Tenerife y les conté lo que pasaba y la solución que había apuntado la Embajada de España. Al cabo de unas semanas me enviaron una carta y la documentación necesaria para atestiguar mi procedencia familiar y una declaración jurada donde se comprometían a acogerme en el seno de los suyos, en cuestión de veinte días me avisaron desde la embajada que tenía reservado el pasaje en este buque y ahora me encuentro entre ustedes.

Y con este final concluyó su charla.

En ese momento sonó por los altavoces la hora del almuerzo y todos se levantaron para prepararse y asistir al comedor, pues ninguno quería faltar ya que, hoy ofrecían una comida que seguramente todos acogerían con placer, se trataba de un almuerzo típico cubano. Lo componían como entrantes unos “Fritos”, continuaban con una sopa denominada “Caldosa”, como segundo plato un apetitoso “Arroz a la Cubana” y como postre una “Leche Frita”, aderezada con azúcar y canela. Todos acudieron a la llamada del estómago que en solo pensarlo se retorcían las tripas a gritos reclamando el menú, tal y como lo expresó uno de los tertulianos.

De regreso a la tertulia, ya en horas de la tarde, comenzó a hablar el matrimonio de Santa Clara, el nombre de la esposa era Guillermina y del esposo Mario, ambos se dispusieron a contar parte de su vida:

Comenzó a hablar Guillermina:

Conocí a mi esposo en Hermigüa, un pueblo de la isla canaria de La Gomera, todo ocurrió cuando Mario vino de Cuba a ver a sus padres, que ya eran mayores, luego nos estuvimos escribiendo y como a los seis meses nos comprometimos en matrimonio, el párroco de mi pueblo realizó los trámites para casarnos por poder, después de esto y en el plazo de un mes ya tenía los papeles en regla para reunirme con mi marido. En ese tiempo, Mario regentaba una ferretería cuyo dueño, también era natural de Canarias, a los dos años de estar trabajando con él, le propuso dejarle el negocio en renta, pasándole una cantidad mensual hasta saldar el valor que habían acordado, según el compromiso que habían firmado.

Ya cuando comenzó la revolución empezaron los problemas, por un lado, los soldados acudían al negocio, pues según ellos allí se vendían armas y municiones. Eso era verdad, pero las armas eran escopetas de caza y la munición cartuchos para las mismas, si bien era evidente que las ventas aumentaron de esos artículos, pero para ellos era lógico, pues en esa zona eran muy aficionados a la caza.

En esos momentos tomó la palabra Mario:

La problemática con los militares no fue a más y podíamos considerar que en ese tiempo nos dejaron tranquilos, además, el jefe de la policía de la ciudad me conocía  desde hacía varios años, inclusive asistía a una partida de cartas, llamada “Envite”, que los isleños habíamos traído en nuestra emigración, y que se organizaba los domingos.

Pero cuando los milicianos tomaron la ciudad y los comandantes se establecieron en ella comenzaron los problemas, en los primeros tiempos empezaron a despojar a los principales agricultores de sus tierras, como el caso que ha contado nuestra anterior compañera de viaje, también se iban adueñando de otras posesiones, obligando a muchos de los vecinos a abandonar su ciudad natal.

Prosigue con la palabra el isleño:

Como consecuencia de los abusos que los milicianos estaban cometiendo, muchos de los hombres y algunas mujeres se trasladaron a las montañas para oponer resistencia a los abusos que se llevaban a cabo, ya con las palabras no había nada que hacer, las protestas se hicieron llegar a La Habana, pero cayeron en saco roto o no llegaron a los máximos dirigentes, lo que propició que se fomentara la guerrilla anticastrista. Cuando esta adquirió cierta importancia, se presentaron en mi ferretería unos agentes gubernamentales, pero todos los indicios apuntaban a que eran miembros de la G2, me obligaron a entregarles el negocio, pues ellos lo consideraban estratégico para el desarrollo de las operaciones que el ejército rebelde mantenía contra los sublevados y no se podían permitir que estuviera en manos de particulares, además, añadían que ese tipo de suministro podía suponer un foco de aprovisionamiento para los alzados. Con esa acción, tanto mi esposa como yo vimos que todo el esfuerzo que habíamos realizado y el trabajo de años se había ido todo al carajo en solo unos días.

Continúa Mario con su relato:

Al principio se me pasó por la cabeza integrarme a los alzados, al igual que muchos de mis vecinos, inclusive realicé algunos contactos, rápidamente me respondieron enviando a un elemento de la insurrección armada, quien me comentó que sería bienvenido y mi ayuda la consideraban muy provechosa pues conocían de mi experiencia en reparar las armas, ya que además de venderlas, les ofrecía ese servicio a mis clientes, pero al final concluí regresar a mi isla y no mezclarme en la lucha contrarrevolucionaria. Pensé que era mejor volver a nuestra tierra que arriesgar mi vida en aquellas montañas.

Entre tertulia y tertulia iban trascurriendo los días, el tiempo era apacible e invitaba a pasear por cubierta y sentir el suave movimiento de las olas y la brisa marina acariciando la piel y el sol dándole un poco de calidez.

Finalizado el séptimo día de navegación desde la salida de La Guaira, la negrura de la noche extendía su manto sobre el trasatlántico, la luna aparecía en el firmamento y lucía en todo su esplendor, además, aportaba su reflejo dorado al mar e iluminaba las siluetas de las Islas Canarias, que ya se distinguían en la lejanía.

El primer pedazo de tierra española que se avistó fue la isla de El Hierro, por ser la más cercana a la ruta del regreso de América. Transcurridas unas horas, se pasó frente a la isla de La Gomera, pero desde hacía bastante tiempo se distinguía la majestuosa silueta del Teide, muchos de los pasajeros se levantaron en horas de la madrugada para contemplar este magnífico espectáculo, especialmente los que desembarcaban en el puerto de Santa Cruz de Tenerife.

En unas horas más, después de costear la isla de Tenerife se realizó el atraque en dicho puerto y se produjeron las despedidas de los que concluían su viaje. Pero, al igual que la vida sigue, la ruta  proseguía, y continuó de nuevo la navegación con el fin de finalizar el itinerario previsto y arribar al puerto de Barcelona en la fecha establecida dando con ello la conclusión de la singladura.

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