Capítulo 22 de Pudo ser un Undercover: Novela por Entregas

Pudo ser un Undercover: capítulo 1

Pudo ser un Undercover

 

Luego de leer 21 capítulos es momento de compartir el Capítulo 22 de Pudo ser un Undercover, del escritor V. M. Bongutz. El regreso a Barcelona. Qué cantaban los comunistas en el barco?

 

 

 

 

22

 

De regreso a Barcelona

 

Al día siguiente comenzó el embarque de pasajeros, aunque en esta ocasión se retrasó más de lo previsto, pues se produjo un incidente desagradable con uno de los viajeros que debía abandonar la Isla. En este caso no se trataba de un exiliado, ni repatriado, como la mayoría de los que abandonaban Cuba, en esta ocasión era un expulsado.

Este hecho lo vivió de lleno nuestro protagonista, ya que era el oficial encargado de controlar el embarque de pasajeros. Concluida la entrada de los viajeros y efectuadas las comprobaciones pertinentes, detectaron que faltaba un pasajero de la lista de embarque, por ello se pusieron en contacto con los funcionarios de emigración para solicitarles un informe sobre el particular, y porqué figuraba en la relación un pasajero que no estaba a bordo.

El funcionario contestó que no sabía nada de ese asunto y que debían hablar con una autoridad superior, pero ante la insistencia de los oficiales del buque, el administrativo hizo una llamada de teléfono y al cabo de unos quince minutos se personó el jefe, en esta ocasión era “El Chino”, al ver a nuestro personaje y otro de sus compañeros, como ya se conocían desde bastante tiempo, les preguntó:

¿Qué problema tienen ahora?

Jin le explicó que tenían un pasajero en lista y que no había pasado por el portalón del buque, además, habían realizado una exhaustiva búsqueda por todo el barco y no había aparecido. “El Chino” les manifestó que no se preocuparan ya que ese pasajero no iba a embarcar, pues había sufrido un accidente y estaba en el hospital. Los oficiales le pidieron que les explicara lo ocurrido y les aportara algún documento para poderlo quitar de la lista de pasajeros, pues de figurar en ella les podría ocasionar graves problemas al regreso a España.

“El Chino” les pidió que le acompañaran hasta las dependencias de aduanas y allí les explicó lo sucedido.

Este pasajero es un indocumentado que llevaba viviendo en los campos de Oriente por más de 23 años. Según él mismo refirió, había arribado en un barco velero desde Canarias, huyendo de la Guerra Civil de España, aunque, particularmente, creo que no era polizón, pero si clandestino, pensamos que era de los muchos que no quisieron que los reclutaran para el frente y optaron por marcharse a América. En esa época y según los archivos era frecuente que llegaran barcos de vela y a motor con huidos hacia este Continente, aquí en Cuba se refugiaban en haciendas de familiares o amigos, vivían casi en clausura y no contaban con ninguna documentación.

En una de las rondas que realizaban las milicias rurales lo encontraron en uno de los caminos que iban a Holguín, le solicitaron la documentación, él manifestó que no tenía y que vivía y trabajaba en la hacienda Algodones y llevaba allí más de 23 años, así mismo, aclaró que procedía de las Islas Canarias. Lo detuvieron y comprobaron, posteriormente, que su versión resultó ser exacta como él decía. Lo pusieron en libertad y le recomendaron que se mantuviera en la hacienda, donde prestaba sus servicios, que ya le comunicarían la decisión que tomara el Sr. Juez.

El juez que analizó el caso determinó que este sujeto era prófugo y por lo tanto debía ser devuelto a España, pues correspondía a las autoridades españolas solucionar el problema y según las leyes cubanas se encontraba de manera ilegal en el país, por lo tanto debía ser expulsado. Siguiendo con la orden emanada del Sr. juez, la embajada le reservó pasaje de vuelta a España.

Los milicianos rurales lo condujeron desde Holguín hasta La Habana, lo entregaron a la autoridad de emigración, pero en el momento en que lo escoltaban para traerlo al buque, en un descuido se escapó y, en la huida, no sabemos si con intención o por accidente se golpeó en la cabeza, abriéndose una brecha de consideración, por lo que fue trasladado al hospital. De las manifestaciones aportadas por testigos en el lugar de los hechos, todas coincidían en una cuestión, que cuando el prófugo se escapó y corrió exclamaba:

No me voy de Cuba, tengo mi casa y mis amigos en Oriente y si regreso a Canarias me van a meter preso. “El Chino”, como conclusión de este tema, les  entregó un informe de lo ocurrido y un certificado del hospital.

Después de la demora sufrida por este suceso, se realizaron los preparativos de la maniobra de salida, una vez se rebasó la bocana de la bahía, se fijó el rumbo hacia Cartagena de Indias. Se navegaba con buen tiempo, cuando ya se iba perdiendo de vista la costa cubana, en el salón-bar de clase turista comenzaron a escucharse cánticos de grupos de cubanos exiliados. Jin, como oficial de día, hizo acto de presencia y le preguntó a Pepito el barman qué sucedía. Él le contestó que no era nada, que solo cantaban, a él le extrañó este suceso, pues en viajes anteriores nunca había aconteció tal hecho, para cerciorarse de lo que estaba acaeciendo le preguntó a algunos pasajeros a qué eran debido esas baladas, algunos pasajeros le respondieron: -Aunque tristes por abandonar “Nuestra Cuba”, donde quedan muchos de nuestros seres queridos y amistades, al mismo tiempo estamos contentos porque vamos hacia la libertad-. Muchas de esas coplillas y estrofas inspirarían a compositores cubanos que realizarían letras de canciones que ya se empezaban a escuchar en toda América Latina, alcanzando algunas de ellas mucho éxito.

Así mismo, entonaban algunas estrofas que nuestro marino no podía comprender, pero ellos le explicaron su significado, una de ella decía: “Somos gusanos, mañana mariposas, cuidado milicianos, cuando cambie la cosa”. El nombre de gusanos, como se recordará, era el apodo que le habían puesto los milicianos a los contrarrevolucionarios.

Había otra, que era la contrarréplica a un estribillo de los milicianos, que expresaba: “Somos comunista palante palante y al que no le gusta que tome purgante”, la protesta no se hizo esperar y circulaba por toda la Isla con la siguiente muletilla: “No somos comunistas ni tomamos purgante, pero nos cagamos en la madre del primer comandante”, esas replicas eran lo anecdótico y contestatario a la política del momento. Aun así, las amarguras, aflicción y dolor, todos estos sentimientos, expresado por los cubanos al tener que abandonar su Tierra, sirvieron para implementar las letras de las más bellas canciones cubanas en la lejanía. 

Jin, siguiendo su costumbre, se relacionaba con los pasajeros y les preguntaba hasta qué puerto iban, unos le comentaban que concluirían su viaje en Cartagena, otros continuarían hasta Venezuela, pero la gran mayoría seguiría para España. De esas conversaciones esporádicas siempre se recalaba en la misma tesis, la problemática cubana y lo que significaba la revolución para muchos de ellos.

En esta oportunidad se encontraba a bordo, entre otros, un compositor cubano descendiente de emigrantes catalanes, un empresario asturiano que había llegado a la isla avanzados los años 30 junto con sus padres, cuatro religiosos de diferentes ordenes, la familia de un catedrático de la Universidad de La Habana y un matrimonio joven cubano que había pedido asilo en la Embajada de España, porque a sus padres, españoles de nacimiento, los habían matado en Santa Clara cuando se produjo una escaramuza entre fuerzas regulares y los rebeldes, ellos se encontraron en medio de la balacera, pero este hecho no lo quisieron reconocer la justicia, ni la de antes ni la de ahora, para sus vecinos y para los simpatizantes de la revolución los habían catalogado de compinches del Régimen Batistiano, al menos esos eran los rumores que circulaban por la ciudad. 

Nuestro marino, con el primero que entabló conversación fue con el empresario asturiano, con quién, posteriormente, haría una buena amistad.

El encuentro fue curioso, pues este cubano-asturiano de nombre Arturo se encontraba solitario y muy pensativo en el salón-bar de clase turista.

Nuestro protagonista le preguntó si viajaba solo, él le contestó que sí. Jin le propuso que si le apetecía tomarse algo. El asturiano le aceptó la invitación, manifestándole:

Si no es molestia una Coca-Cola estaría bien y se lo agradezco, pues hace más de un año que no la pruebo y tengo apetencia de ella, además, añadió:

No puedo corresponderle porque no tengo dinero, embarqué con lo puesto y una muda, lo demás lo tuve que dejar en mi domicilio, pues los milicianos vinieron, me sacaron a la fuerza de mi propia casa y solo me dejaron agarrar lo puesto y poco más, de allí me trasladaron a un barracón cerca de la aduana hasta el momento del embarque.

Jin le manifestó que no era ningún problema lo de la consumición y, además, le preguntó si necesitaba algo más en lo que pudiera ayudarle. Así mismo, lo invitó a participar en la tertulia que acostumbraba a organizar a bordo para que se hiciera más llevadera la travesía. Arturo le dio las gracias y le prometió que acudiría a la mencionada tertulia, nuestro personaje lo citó para las 12:00 horas, antes del almuerzo.

A la hora señalada, comenzaron a llegar algunos de los participantes de la tertulia que nuestro protagonista había invitado. Los comentarios en los momentos iniciales, para romper el hielo, los realizaba Jin, quien hablaba un poco del tiempo y del estado de la mar, de alguna incidencia en la navegación de poca importancia ocurrida durante la mañana y al mismo tiempo los animaba a participar. Para ello efectuó una introducción de lo que le había contado Arturo, y lo animó para que contara su historia.

Este pasajero comenzó diciendo:

Era empresario y poseía 3 lavanderías en La Habana distribuidas por diferentes puntos de la ciudad -y recalcó poseía- pues ahorita mismo ya no tengo nada, me las ha quitado el nuevo régimen.

Prosiguió un poco compungido, pero se repuso y continuó con su relato:

Los negocios eran la herencia de mis padres, que trabajaron mucho desde que llegaron de España e hicieron un gran sacrificio para tener lo que poseían, al fallecer, los establecimientos pasaron a mí como legado, el cual administraba con honestidad y racionalidad, trataba bien a mis empleados, los consideraba como de la familia, muchos de ellos me vieron crecer. Un buen día llegaron unos funcionarios, rectifico, un mal día,  y esgrimiendo no sé qué razones y planteamientos, me colocaron un interventor, quien comenzó a hacerme la vida imposible; a los pocos meses me acusaron de malversar y afirmaron que debían hacerse cargo por completo de los negocios, a mis más fieles colaboradores los despidieron y colocaron a sus simpatizantes, en cuanto a mí, me otorgaron algo para que pudiera vivir mientras los asesoraba, pero hace unos días, vinieron unos milicianos y me sacaron de mi propia casa con lo puesto y poco más, me llevaron al barracón que tienen cerca de la aduana para albergar a los que no tienen donde vivir y a los que traen del resto de la isla para embarcarlos. Esa es mi historia y ahora me encuentro entre ustedes camino de España, mi destino final es Asturias, donde tengo tíos y primos que me han admitido en su casa. 

A continuación, intervino otro de los contertulios, manifestando:

Mi historia no es tan complicada como la de este amigo asturiano, me llamo Diego, soy cubano de nacimiento pero con antepasados españoles, me he criado un poco independiente de mis progenitores, pero reconozco que al ser mis padres españoles me ha beneficiado y por ello puedo viajar a España.

Continúa con la historia de la familia:

Mis padres emigraron con mis abuelos, siendo unos niños, se conocieron en esta bendita tierra, se casaron y me tuvieron a mí. Desde muy joven me aficioné por la música, que es toda mi pasión, más adelante les contaré algo de esa pasión. Ahora les voy a referir porqué me encuentro en este barco, ello se lo debo a la familia de mi madre, a una tía que vive en Barcelona, de donde era natural mi Mamá, que por unos amigos se enteró de la situación en que me encontraba, ya que estaban a punto de encarcelarme, por ello, me reclamó, pues al haber muerto mis padres era el familiar más directo que me quedaba. La petición la realizó a través de la embajada y aquí me encuentro rumbo a Barcelona.

Prosigue con su charla:

Pero me imagino que quieren saber por qué me perseguían y estaban a punto de ponerme preso, pues muy sencillo, a Fidel no le gustaba mi música.

Todos se rieron por el buen humor que derrochaba este músico cubano.

Jin le comentó que por la noche, después de la cena, se organizaba una velada musical ofrecida por una pequeña orquesta integrada por aficionados de entre la tripulación, que amenizaba la noche e invitaba a bailar a los pasajeros. Le pidió que si no le importaba y quería participar, tanto el capitán como él se lo agradecerían.

Diego le manifestó que estaría encantado y que contaran con él, pues la música y especialmente el piano eran su querencia.

Como la hora del almuerzo estaba próxima, cada cual se marchó a sus camarotes y nuestro protagonista continúo con sus obligaciones, por la tarde no se produjo la acostumbrada tertulia, ya que Jin tenía que cumplir otras ocupaciones.

En el gran salón, situado debajo del primer entrepuente, en la parte central del mismo y hacia proa existía una tarima de unos 25 centímetros de altura que albergaba a la orquesta, a continuación se encontraba la pista de baile, que estaba señalada por un circulo de unos diez metros de diámetro, en el resto del salón se distribuían, en su parte central, mesas y sillas, para quienes deseasen tomar algo, recordemos que en los buques los mobiliarios están fijadas al piso. En la banda de babor se situaba el bar y en el resto de los mamparos que delimitaban el salón se ubican sillones y sofás.

Por la noche, a eso de las 20:30 horas, Diego se presentó, tal y como había quedado.

Se había vestido para la ocasión y, como músico profesional que era, no defraudó a nadie, pues no solo su vestimenta era la apropiada, sino además sus interpretaciones al piano fueron impecables, especialmente su repertorio de canciones populares cubanas, que hizo aflorar más de una lágrima entre los presentes.

El capitán lo felicitó por su magnífica interpretación y Jin le agradeció la deferencia que había tenido para con todos, pero de manera particular con sus compatriotas, a quienes les había llevado un poco de felicidad.

Al día siguiente, durante la tertulia, todos le dieron las gracias y lo felicitaron, algunos le preguntaron por las piezas que había interpretado, ya que muchas de ellas no las conocían.

Tomó la palabra Diego para ofrecerles una pequeña disertación de la música popular cubana:

Entre las piezas que interpreté anoche se encuentra: la Contradanza, el Minué, “el Canario”…

Algunos le interrumpen, pues no conocían esa última pieza musical, ni habían oído hablar de ella:

Diego comenzó ofreciendo una explicación de esta danza y baile:

Se trata de un baile y música proveniente de las Islas Canarias que tenía como base las danzas Guanches de los antiguos habitantes de las islas, en el siglo XVI se hizo muy popular en Europa y en la América Hispánica, junto con otros bailes de salón traídos por los colonos europeos. Todas estas danzas imperaban en Cuba al comienzo de la colonia. A estas composiciones el pueblo le fue incorporando ritmos africanos traídos por los esclavos y se añadieron otros compases trasladados desde Haití, a partir de esa época se encontró el primer vestigio de música realmente cubana.

El Danzón o Habanera Cubana surgió como consecuencia de ese mestizaje, así como otros ritmos que conformarían la auténtica música criolla. Aunque su interpretación se realizaba por orquesta, los arreglos y mejoras que efectuaron importantes compositores cubanos le confirieron un matiz de actuación individual, pudiendo tocarse  por uno, dos o tres instrumentos, aunque desde el punto de vista popular la orquesta puede estar integrada por más componentes.

Esta composición no solo puede ser interpretada en forma orquestal o solista, sino que hubo unos años en que fue ejecutada por músicos de Jazz, alcanzando una gran consideración la orquesta Avilés por los arreglos realizados por el compositor holguinero Juanito Márquez. Al transcurrir los años se iban incorporando variantes y arreglos que llevaron a elevar la categoría del Danzón. Uno de los que contribuyó a este esplendor fue el compositor santiaguero Electo Rosell, a quien denominaban “El Chepín”, así mismo, muchos compositores han enriquecido este ritmo cubano.

Se toma un pequeño respiro para refrescar la garganta y continúa:

Otro género musical es la Guaracha, nacido en Cuba no solo como música, sino también, como baile. Con estos ritmos cubanos se hicieron famosas infinidad de orquestas, interpretando sus composiciones dentro y fuera de la Isla. Nombres como: la Sonora Matancera, Arsenio Rodríguez, Nelo Sosa y su Conjunto Colonial, el Conjunto Casino, Machito, José Curbelo; muchos de ellos deleitaron y amenizaron fiestas y clubs en varias ciudades norteamericanas y europeas. A pesar de ser un ritmo orquestal, donde intervienen muchos instrumentos, los compositores y arreglistas cubanos lo pusieron en valor para ser interpretado hasta por un solo instrumento.

Continúa nuestro músico explicando lo que le apasiona.

Uno de los arreglistas y gran experimentador que impuso cambios notables, por sus arreglos y nuevas interpretaciones, fue Enrique Jorrín, desde su temprana juventud se dedicó a componer música de Danzón, respetando la esencia de este género musical en su más puro estilo, pero, inquieto en su hacer musical, fue introduciendo pequeños cambios y connotaciones caribeñas, lo que acabó creando el Chachachá, que se configuró como una mezcla entre el Danzón y el Son Montuno. Otra variante es el Son Santiaguero que encierra toda la esencia, por un lado, de la parte africana, con sus giros rítmicos y sus estribillos repetitivos y por otra, la sonoridad que le imprimen las guitarras y otros instrumentos de cuerda tan propios de España.

Prosigue Diego con su disertación musical, añadiendo:

Otro capítulo importante de la música cubana son sus compositores, que destacaron no solo en música popular sino también en la música denominada culta o clásica. Aquí nos encontramos con don Ernesto Lecuona, cuyos padres procedían de las Islas Canarias, quien destacó por sus composiciones que hoy en día se escuchan e interpretan por medio mundo. Este músico nacido en la capital de la República, estudió con los profesores Antonio Saavedra y con Joaquín Nin hasta graduarse en el Conservatorio Nacional de La Habana, posteriormente proseguiría sus estudios superiores en París, destacando en sus composiciones líricas. Además, otros compositores de su tiempo, como Gonzalo Roig y Rodrigo Prats y él mismo, contribuyeron con sus aportaciones al género lírico teatral y de la zarzuela en esta parte de América. Algunas de  las obras de Lecuona, con el paso del tiempo, se han adaptado a un solo instrumento o a varios, anoche les ofrecí algunas como: María la O, Malagueña, El Batey, Tierra de Venus, entre otras interpretaciones; como pudieron comprobar se pueden interpretar solo con piano o acompañadas por los otros instrumentos.

Con esto finalizó el apasionado músico cubano.

Al día siguiente amaneció el tiempo un poco revuelto y la mar venía de proa, lo que provocaba que el buque se balanceara. La asistencia al desayuno se vio disminuida y muchos de los pasajeros se quedaron en sus camarotes.

A la hora de la tertulia, Jin se encontró con dos de los sacerdotes, con Arturo y con el joven matrimonio cubano. Los religiosos comentaron que sus otros compañeros estaban un poco mareados y suponían que a muchos de los pasajeros les ocurría lo mismo. Nuestro marino les respondió que era cuestión de acostumbrarse y que según el parte meteorológico estaban pasando por una ruta donde reinaban bajas presiones, duraría un poco pero, según las previsiones, se pensaba que a media tarde la situación cambiaria.

Entre tanto, el joven matrimonio se decidió a contar sus vicisitudes y, como habían comentado en el día de ayer, comenzó relatando el suceso la joven señora que dijo llamarse María:

Vivíamos en Santa Clara, en la misma calle que mis padres, pues hacía poco tiempo que ha-bíamos contraído matrimonio, en el mes de septiembre del 58. Por esa época, las escaramuzas entre soldados y milicianos eran frecuentes, aunque no se hubiera decretado ningún toque de queda; nuestros padres poseían un comercio en una de las principales calles de la ciudad, la Avenida Marta, también conocida por “Doblevía”. A eso de las siete de la tarde, ya habían cerrado su negocio y se marchaban caminando para su casa, que estaba a dos cuadras de la tienda, cuando en plena calle se produjo un enfrentamiento entre una patrulla de militares regulares y rebeldes que iban en dos carros, quedando nuestros progenitores en medio, sin tener para donde huir, ya que habían cerrado la tienda, las demás casas del vecindario estaban cerradas y por mucho que pidieron auxilio no los dejaron refugiarse, nadie les abrió y las balas los alcanzaron.

Después tomó la palabra el marido, de nombre Anastasio:

Después de estos hechos y haber enterrado a nuestros seres queridos, reclamamos justicia pero no conseguimos nada por parte del gobierno de Batista, al contrario, se nos ignoró completamente o nos decían que era una consecuencia de la revolución emprendida por los milicianos.

Prosiguió Anastasio:

Cuando alcanzaron el poder los revolucionarios, les pedimos, igualmente, que se hiciera justicia, que tanto los unos como los otros tenían su responsabilidad, ahí fue donde se complicó la cosa. Empezaron a tratarnos como colaboracionistas del régimen anterior, se preguntaban como éramos poseedores de un comercio, por lo que había que investigarlo por qué lo teníamos y esa fue nuestra perdición, pues cada día nos acosaban, nos tachaban de habernos aprovechado del pueblo y un montón de mentiras más que hicieron que nuestras amistades se apartaran de nosotros, incluso alguno de nuestros familiares directos.

Como nuestros padres nos habían inscrito en la Embajada de España, por lo que nos podíamos considerar españoles, y al ser insostenible la situación, acudimos a ellos, pidiendo amparo y refugio para mi esposa y para mí. Desde la sede diplomática se pusieron en contacto con una tía mía que vive en Galicia, quien manifestó que nos acogería en su casa y del resto se encargó la oficina consular de España.

Uno de los sacerdotes que estaba presente en esta conversación tomó la palabra:

Conozco muchos casos parecidos al de estos jóvenes, especialmente en la provincia de Oriente. Pero mis vivencias son otras, me encontraba en una pequeña parroquia del municipio de Matanzas, en un pequeño pueblo denominado Jagüey Grande, cerca de Playa Larga y como se suele decir: “Pueblo pequeño infiero grande”, aunque yo no debo decir esa frase. Pero la realidad es otra, en una reducida comunidad las pasiones mundanas se desatan con mayor fuerza, los odios salen a flote y las envidias surgen por doquier, nuestra misión consistía en consolar a los que lo habían perdido todo y asistir a los desvalidos, pero las nuevas autoridades no lo entendían así, comenzaron a hacernos la vida imposible, se producían allanamientos y persecuciones para con los que profesábamos la fe. Para mí esto no significaba nada, pues en todos mis años de servir a Dios, y sobre todo en la época convulsa de la República Española, ya habíamos pasado por lo mismo y lo podíamos aguantar. Cada día la situación se hacía más insostenible, pues se llegó a profanar la iglesia, eso sí, amparándose en la oscuridad de la noche. En mis sermones denuncié reiteradamente estos hechos, lo que no gustó a las autoridades militares, que me acusaron de contrarrevolucionario. Mis superiores me propusieron la conveniencia de un retiro en España y que al mismo tiempo visitara a los familiares, así mismo, añadieron que cuando las cuestiones se calmaran volvería a ocuparme de mis feligreses. Ahora me encuentro entre vosotros camino de Navarra, mi patria chica. 

Proseguía la travesía, el tiempo había mejorado bastante y el ambiente a bordo se recuperó como en el primer día de navegación, los niños ya correteaban de nuevo por cubierta y por los salones, lo que llevó al Sobrecargo a ordenar a los encargados que entretuviesen a los críos y que organizasen juegos para distraerlos, pues con sus correrías entorpecían las labores de limpieza y preparación de los salones y comedores.

El buque prosiguió la ruta sin mayores contratiempos, los pasajeros se encontraban, cada día, más relajados, la animación creció por el alboroto y brío que le imprimían los niños especialmente los cubanos, siempre tan alegres, pero ajenos al drama que se había cernido sobre sus familias. La infancia era así y no se la íbamos a quitar, al fin y al cabo no se conseguía nada con ello.

El músico cubano ya era habitual en la orquesta de los aficionados de a bordo y manifestaba estar encantado con ello, pues le servía de distracción, y la música hacía que se ahuyentaran las preocupaciones y malos presagios para su Cuba natal.

Por su parte los religiosos ayudaban a los padres de los pequeños con su enseñanza y organizaron un pequeño taller de lecturas para entretenerlos, también los sacerdotes les contaban cosas del lugar de procedencia de sus familias en España y de esta manera sosegada iban transcurriendo los días de navegación.

La llegada a Tenerife se produjo en una mañana soleada, una vez el buque estuvo atracado, llegó el momento de las despedidas, especialmente para aquellas familias cubanas descendientes de canarios, así mismo, de algunas otras que embarcaron en La Guaira y que venían de vacaciones a Canarias.

Después de las clásicas operaciones de desembarco y proceder al embarque de algunos pasajeros que se dirigían desde este puerto tinerfeño a la Península, se inició la salida rumbo a Cádiz.

Posteriormente nuestro personaje se enteraría de que a las pocas horas de la partida de Tenerife, su madre recibió una llamada de un amigo de su hijo, llamado Jorge, quien le comentó que no tuvo ocasión de verse con su hijo en la estancia del buque en el puerto tinerfeño, pues se encontraba en La Orotava con unos familiares y para cuando llegó al puerto el barco ya había salido.

El trasatlántico continuó su ruta e hizo su arribo a Barcelona, donde dieron por concluida la singladura.

 

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