Capítulo 21 de Pudo ser un Undercover: Novela por Entregas

Pudo ser un Undercover: capítulo 1

Pudo ser un Undercover

Luego de leer 20 capítulos es momento de compartir el Capítulo 21 de Pudo ser un Undercover, del escritor V. M. Bongutz. Qué sucedió cuando el protagonista volvió a La Habana? Podría ser acusado por contrarrevolucionario?

 

 

 

21

 

De nuevo en La Habana

 

Después de la charla con don Jesús, a Jin solo le quedaba tiempo para telefonear a los suyos, pues la salida del buque era inminente. En la conversación con su madre, además de anunciarle su partida de puerto, también le prometió que la llamaría desde las ciudades que fuera tocando si las horas eran propicias para ello.

Toda la singladura se desarrolló sin mayor novedad, se sucedieron las entradas y salidas en los puertos de costumbre. Una vez concluyó la estancia en San Juan de Puerto Rico y se realizaron las operaciones de desatraque, el trasatlántico navegó en régimen de poca máquina hasta que llegó a la bocana de la bahía, cuando se encontró a través de las dos fortalezas que custodiaban, en épocas pasadas, la capital de Borinquén, el buque realizó, como era su costumbre, tres bocinazos en señal de despedida. Una vez que rebasaron los castillos y el buque se encontró en mar abierto, se ordenó poner “a toda máquina” y se marcó rumbo Oeste. Transcurrió la singladura con buen tiempo y mar en calma, en cubierta se disfrutaba de una suave brisa procedente del noreste.

Después de unas 28 horas de navegación, se divisó la costa cubana, por lo que se siguió un rumbo paralelo a su litoral hasta que se llegó a la entrada de su bahía, se ordenó aminorar la marcha hasta que el buque se encontró en la misma bocana. En este punto se pararon las máquinas, el trasatlántico permaneció en esa posición al menos por una hora, en espera del Práctico del Puerto, quien lo conduciría hasta el espigón donde se ubicaba la terminal de pasajeros. Durante la navegación, por la ensenada habanera, se avistaban diversos buques soviéticos, alemanes orientales y algún polaco, que ocupaban diversos muelles del área comercial y de la terminal petrolera del puerto, lo que causaría extrañeza entre la tripulación, pues con anterioridad, en sus diversas escalas durante el año 1959, no habían coincidido con tantos buques de esas nacionalidades.

Ya el buque se encontraba atracado en su muelle habitual. Esta parte de la costa de la bahía habanera, además del espigón del muelle, albergaba un edificio de sólida construcción donde se ubicaban las dependencias de emigración y el control de personas, tanto de pasajeros como de tripulantes, así mismo albergaba unos sótanos que realizaban la funciones de calabozo, donde po-dían retener a quienes, a su entender, incumplieran algunas de las normas aduaneras que el nuevo régimen había impuesto, entre ellas, el cambio obligatorio, a paridad, del peso por el dólar.

También, los tripulantes observaron sorprendidos un hecho que con anterioridad no habían percibido, se trataba del emplazamiento en la cubierta del edificio de grandes ametralladoras antiaéreas de cuatro bocas de fabricación soviética, que según la referencia realizada por los propios milicianos, habían sido instaladas recientemente.

Nuestro personaje, después de varios viajes, había mantenido diversas conversaciones con los exiliados que compartieron las travesías donde había escuchado multitud de opiniones y comentarios sobre la problemática cubana de esos momentos. A pesar de ello, Jin mantenía la curiosidad por la realidad cubana, lo que le llevó a indagar por su cuenta algunas cuestiones que no tenía demasiado clara sobre los acontecimientos que se estaban desarrollando en la Isla.

Como solía hacer en cada viaje, se dispuso a conversar con los milicianos que montaban guardia en el portalón del buque, normalmente esa custodia se centraba en la escala del costado de tierra, donde se apostaba una pareja, otro par de milicianos se encargaba de vigilar por proa, popa y el costado del barco que daba hacia el mar, la excusa que esgrimían las autoridades revolucionarias para esa vigilancia no era otra que evitar cualquier ataque que pudieran perpetrar al buque los enemigos de la revolución, lo que podría provocar un conflicto diplomático.

Cuando las conversaciones con los guardianes portuarios tenían lugar a plena luz del día y ante testigos, los milicianos se desvivían en elogios hacia Fidel Castro y su revolución, muchos eran los cumplidos que le dedicaban. Lo apodaban, cariñosamente, “El Caballo”, por el aguante que demostraba y la cantidad de horas que empleaba en sus mítines y discursos. En otras ocasiones lo denominaban el “padre de la patria” y muchos más que no reproduciremos para no cansar a nuestros lectores.

Sin embargo, Jin apreciaba un cambio sustancial en el comportamiento de algunos de los milicianos que conocía, si la conversación se desarrollaba de manera colectiva o cuando se producía un diálogo a solas, compartiendo un café o una bebida, bajo cubierta, en el comedor de oficiales, en ese momento se desataban las lenguas y se hacían confidencias que no osarían expresar si estaban delante de otros compañeros. Los calificativos que emitían eran completamente distintos y en muchos casos hasta muy groseros.

Algunos de estos vigilantes contaban que se habían unido a la lucha en Sierra Maestra cuando Fidel para ellos era su Comandante, pero apreciaron un cambio en él una vez que controló el poder.

Uno de ellos comentó:

Algunos compañeros de esa época, que fueron capaces de expresar sus dudas sobre la nueva orientación política, desaparecieron sin que se supiera donde estaban, a pesar de haber pasado las penurias y privaciones que les suponía estar en la guerrilla. En la mayoría de los casos estuvieron expuestos a que la tropa de Batista, sobre todo los agentes del servicio secreto, los arrestaran y torturaran por su lucha contra la dictadura.

Después del triunfo de la revolución y transcurridos unos meses, muchos de nosotros comprendimos que nos había tocado otra dictadura peor. No quiero hablar en público de estas cuestiones, por miedo a las represalias, no confío en nadie, pues, en el que menos pueda pensar, pudiera ser un espía y acusarme de contrarrevolucionario. Con esto terminó la charla del guardián portuario.

Jin, en este viaje, venía con ánimos de saber algo más sobre la realidad que vivían las familias cubanas, por ello, acompañó a un compañero asturiano de nombre Agustín, aunque en el buque lo conocían por “Gus”. Este tripulante tenía familiares directos, por dos generaciones, residiendo en La Habana, la mayoría de los miembros de esa familia eran cubanos de nacimiento, exceptuando los abuelos y uno de los padres, quienes fueron los que emigraron desde España, aún siendo muy jóvenes.

Con ese fin saltaron a tierra pasando primero por la inspección de aduanas para realizar la conversión reglamentaria del cambio de moneda, ya que solo se permitía llevar encima pesos cubanos, infringir esta norma les podía costar unas horas de calabozo y una multa. Una vez rebasado el control, cruzaron la Avenida del Puerto y se dirigieron a la Plaza de San Francisco de Asís, allí, como en otros viajes, se encontraba esperándolos Rogelio, un taxista amigo que los llevaba donde tuvieran que ir por la tarifa mínima, la razón principal de esta generosidad se debía a que no le importaba tener más pesos en su bolsillo, ya que no le servían de mucho, pues no podía comprar de casi nada, porque escasea de todo y la cuota de gasolina que le adjudicaban para el mes era única y no tenía derecho a más. Él agradecía que le regalaran aspirinas, una colonia para su señora, a cualquier otra cosa, que para ellos empezaba a ser todo un lujo.

Después de este preámbulo, nuestro personaje y su compañero subieron al carro de Rogelio, un Buick del 56, y emprendieron la carrera hacia el domicilio de los parientes asturianos que se encontraban la calle Lucena, aledaño al cuadrilátero comercial de Centro Habana, allí residían estos familiares y tenían un negocio de víveres.

El negocio se ubicaba en la planta baja del edificio y la vivienda se encontraba en el cuarto piso, cuando llegaron al establecimiento se cruzaron los saludos de rigor y las clásicas preguntas sobre de las respectivas familias, sobre su salud y su bienestar pero, llegado el momento de preguntar cómo iban las cosas por allí, inmediatamente se cambió de conversación mientras les invitaban a la vivienda para tomar café.

A Jin le llamó mucho la atención observar carteles con mensajes, en cada descanso de la escalera, que evidenciaban la precaución que tuvo esta familia de no hablar abiertamente en la tienda, en ellos se podía leer: “Vecino vigila a tu vecino puede ser un contrarrevolucionario “otro reflejaba “Se buen ciudadano y denuncia a quien esté contra la revolución”. Además, Jin se percató de que tanto a las personas que estaban en el comercio, como a los que iban llegando, los propietarios les explicaban que eran familiares marinos del buque español que estaba en el puerto. Ese grado de miedo y desconfianza se apreciaba en todos los rincones y un reflejo de ello era la explicación que Rogelio el taxista les había relatado durante el trayecto, todo ello denotaba un estado policial. 

 Una vez que entraron en la vivienda los condujeron a una sala en la cual no había ventanas que comunicaran con patios interiores, allí comentaron -Aquí se puede hablar- y continuaron expresándoles sus temores -Nos están agobiando con tantos impuestos y nos obligan a declarar todas nuestras posesiones, incluso si tenemos dólares y joyas, ya que todo lo debemos declarar, además es obligatorio realizar los depósitos de dinero de las ventas en el Banco Nacional.

Continuaron con su charla estos comerciantes asturianos:

Hace pocos días nos han anunciado que podían intervenirnos el comercio y racionalizar las ventas, ya que sospechaban que existían acaparadores, en definitiva, lo estamos pasando muy mal. Hicieron una pausa como pensando lo que iban a decir, pero al fin se decidieron a exponerle a su pariente una proposición:

-Gus, queremos hacerte una proposición, pero que no salga de la intimidad de esta casa, ya que es una cuestión bastante comprometida, pero sabemos que podemos hablar en confianza. Tenemos unos ahorros en efectivo en dólares y algunas joyas que aún no hemos declarado, y estamos pensado que podrías llevarlas para España, ya que en estos momentos es imposible hacer transferencias, pues está prohibido sacar dinero del País.

Prosiguieron con su alegato, realizando otras confidencias:

Tenemos intención de abandonar la tierra que nos acogió y donde han nacido nuestros hijos, como ya lo han hecho varias familias conocidas, al ser sus negocios o haciendas expropiados o incautados por las autoridades revolucionarias. Queremos rehacer nuestras vidas y regresar a Asturias, con la intención de empezar de nuevo, pero para ello debemos contar con ese pequeño capital que tenemos ahorrado.

Gus les manifestó:

Lo voy a pensar y estudiaré la mejor manera, sin poner en peligro la seguridad de vosotros y la mía. Aguanten un poco más, no se desanimen, les prometo que mañana a esta misma hora volveré para seguir hablando del tema.

Concluyeron  la visita y decidieron regresar al buque dando un paseo por las calles de La Habana.

Gus le comentó a Jin:

Estoy dándole vueltas a un plan para ayudar a mis familiares a trasladarles los dólares y alhajas que poseen a casa de una hermana que vive en Gijón.

En ese momento Jin le expresó:

Como oficial y compañeros que somos no quiero saber nada de esa cuestión, me vas a perdonar mi franqueza, pero este asunto puede resultar peligroso y podría acarrearnos muchos problemas si por casualidad fueras descubierto por las autoridades cubanas. Además, este acto lo podrían tachar de conspiración contra la revolución.

Continúa nuestro marino exponiéndole nuevas razones:

Como ejemplo, te recuerdo el incidente que tuvo lugar en el viaje anterior, y que tú conoces lo mismo que yo, estuvo a punto de derivar en un conflicto diplomático. Así mismo, sabes muy bien que la empresa naviera lo dejó muy claro con la circular interna que nos hizo llegar a todos en la que nos advertían que nos abstuviéramos de cualquier aptitud que pudiera molestar a las autoridades, sacar fotografías donde no estuviera autorizado, emitir opiniones políticas de cualquier índole, etc. Y el comunicado terminaba diciendo: “la tarea principal que tiene encomendada la naviera con sus viajes a Cuba, consiste en repatriar a españoles y a cubanos descendientes de españoles hasta la segunda generación, y que deseen y puedan abandonar la isla”.

Continuó Jin recordándole el incidente del viaje anterior y en el aprieto que se vieron envueltos, tanto el buque como algunos de sus tripulantes:

Te voy a repetir todo este asunto, aunque caiga en la pesadez te acuerdas del problema con José, el alumno de “Puente” que en su primer viaje se dedicó a realizar una serie de fotografías a la entrada de La Habana. Realizó varias instantáneas del Castillo del Morro, la Cabaña y de otros lugares de la bahía. Sin haber concluido aún la operación de atraque y haber puesto las amarras correspondientes, y desplegada la escala, el buque se vio rodeado, tanto por tierra como por mar, en el muelle se presentó un automóvil con el mando de la tropa y dos camiones con unos cuarenta milicianos y por estribor se posicionaron dos lanchas patrulleras. El mando y una docena de milicianos subieron a bordo y se dirigieron al puente.

El capitán del buque preguntó qué problema había con el buque, recordándole que a bordo se encontraba en territorio español.

El oficial miliciano le comunicó:

Vamos a intervenir el buque, puesto que algún tripulante estaba sacando fotografías desde el puente a puntos sensibles de instalaciones militares y me lo tengo que llevar para interrogarlo.

La discusión prosiguió y el capitán solicitó hablar con un mando superior ya que no iba a permitir que se llevaran a ningún miembro de su tripulación.

El oficial miliciano le manifestó:

De aquí no se mueve nadie, ni para salir ni para entrar, y ya he solicitado la presencia de un superior, y hasta que no llegue, la situación se mantiene como está. 

A la media hora llegó la autoridad solicitada, que en este caso se trataba de “El Chino”, Jefe de la Policía de Aduanas y habitual visitante del buque durante todos los viajes, además, frecuentemente era invitado por el capitán o por los oficiales a compartir mesa y mantel y en ocasiones algunas copas.

El Jefe habló primero con el mando de los milicianos y le quitó hierro al asunto, le recomendó que se calmase, ya que estaba muy excitado, pues el problema no era para tanto, además, añadió -Conozco desde hace tiempo a la tripulación y los considero amigos, tanto al capitán como a los oficiales y al resto de la marinería.

Ahora dirigiéndose al capitán le solicitó -¿Podía llamar al tripulante que estaba realizando fotos?

El capitán accedió a ello y mandó llamar al alumno.

El “Chino”, al verlo, le preguntó:

¿Este es tu primer viaje a La Habana? ¿Cuántos años tienes? te veo muy joven.

El alumno le contestó:

Sí, este es mi primer viaje y tengo 19 años y continuó explicándole -He terminado mis estudios en la Escuela de Náutica y me preparo para Oficial de la Marina Mercante Española y estoy realizando las prácticas reglamentarias.

El Jefe le sugirió que entregara el carrete de su cámara y le dijo que allí no había pasado nada.

El joven alumno aceptó, lo mismo hizo el capitán.

El Jefe de Aduanas se retiró con el mando para hablar a solas y en unos minutos el incidente quedó zanjado, el alumno entregó el carrete y la tropa se retiró y el buque volvió a su rutina.

Pocas horas después de este suceso, Jin habló con los milicianos, a quienes conocía de anteriores estancias en La Habana y eran los habituales en prestar este servicio de vigilancia a bordo, y les preguntó cómo se resolvió tan pronto el incidente al venir el Jefe.

Los milicianos le contaron:

Te cuento, mi oficial. El “Chino” es un mando de la G2, está muy preparado para resolver los problemas. También te digo, es de las personas de confianza del Comandante.

Después del recordatorio de Jin, mientras paseaban por las calles habaneras, decidieron realizar una parada en el Centro Asturiano para tomarse algo refrescante, pues hacía bastante calor en esas horas de la tarde, después de esta pausa regresaron a bordo.

Al día siguiente, Jin continuaba con su afán de conocer algo más de la situación real que se vi-vía en la Isla. En esta ocasión se le presentó la oportunidad al acompañar a otro tripulante que iba a visitar a un pariente que era socio trabajador de una fábrica artesanal de picadura y puros habanos.

Este tripulante, de nombre Casimiro, se lo había comentado a bordo, por lo que decidió unirse a la visita.

Casimiro le contó parte de la historia de su pariente:

Mi familiar está vinculado con descendientes de las Islas Canarias. Sus antepasados llegaron de la Isla de La Palma y se establecieron como agricultores, las generaciones se sucedieron una tras otra, pero la vinculación con la tierra de sus antepasados no la perdieron, ya que realizaban continuos viajes de ida y retorno.

Casimiro continuó haciendo referencia al historial familiar:

Comenzaron cultivando de todo un poco, pero al encontrarse en una región tabaquera, la denominada Vega de Vuelta Abajo, se pasaron al cultivo del tabaco. Adquirieron con el tiempo gran experiencia, no solo en el cultivo en sí, sino también en las labores de preparar las hojas cosechadas en las denominadas “Casas del Tabaco”, donde les proporcionaban una desecación natural, después de este proceso le seguía la fase de fermentación para continuar con la elaboración de un buen habano. Al principio lo realizaban en un improvisado “Chinchal”, pero con el tiempo vino la fábrica.

Como era habitual en todos sus desplazamientos habían quedado con Rogelio, el taxista amigo, quien los estaba esperando por fuera del edificio de aduanas para llevarlos donde quisieran ir. Él estaba muy agradecido, pues Jin el día anterior, además de pagarle la carrera de su carro, le había obsequiado con una caja de aspirinas, una colonia, unas medias para su señora y una loción de afeitado para él.

Al llegar les preguntó, con su clásico deje cubano, “¿dónde ustedes van hoy?”, ellos le contestaron a la fábrica de tabacos puros “El Laguito”, que estaba situada en la calle 146 de Marianao, “donde Casimiro tiene un pariente y debe entregarle unos obsequios que su familia le envía desde Canarias”.

Rogelio les advierte que está un poco lejos, a más de 30 kilómetros. Ellos le manifestaron que no les importaba, pero si él tenía algún problema lo dijera, además, debía esperarlos como una media hora mientras conversaban con ese familiar, a lo que el conductor contestó:

No hay problema chico, yo voy donde vayan mis amigos gallegos1.

Una vez en el automóvil de Rogelio, iniciaron el viaje a Marianao. El chófer les iba explicando algo sobre ese pueblo, según él, el nombre venía de una derivación  de un poblado indígena que estuvo ubicado en esa zona y que nombraban “Mayanabo”, que significaba, para los oriundos del lugar, “tierra que se encuentra entre dos ríos”, la situación de la zona y el nombre hacían gala a la realidad, ya que estaba emplazado entre el rio Almendares por el Este y por el Oeste cruzaba el río Quibú.

Continuaba el chofer explicándoles:

En ese territorio existía en épocas pasadas una espesa selva que cubría la comarca y procuraba madera para las construcciones, troncos y astillas para los hogares de los ciudadanos de la Villa de La Habana y así mismo, proveía de los materiales necesarios para la construcción y reparación de las naves españolas.

El Presbítero Bazán, por esos tiempos, redactó un escrito dirigido al Cabildo de La Habana solicitando la autorización para fundar un caserío que albergara a los indios, al cual denominaría Quemados de Marianao. También se levantó una ermita en memoria de San Francisco Xavier en la denominada finca de San José, por esa época se establecieron agricultores con sus familias, con lo que el poblado se extendió rápidamente, otra de las cuestiones que contribuyó a esa expansión fue el cruce de caminos que conducían a Vuelta Abajo y al Camino de la Costa.

Continuaban viajando nuestros marinos y el chófer se había convertido en un improvisado guía que les iba explicando los pormenores del viaje hasta que llegaron a su destino.

El edificio que albergaba la fábrica era de arquitectura colonial y se conservaba muy bien, la distribución era de dos plantas, en la baja estaban “los cigarreros y las cigarreras”, como denominan en Cuba a los elaboradores de puros, así mismo contaba con almacenes acondicionados para el tabaco en rama y otras dependencias albergaban a los demás implementos para la terminación y encajado de los puros.

El frente de la fábrica estaba ajardinado, donde no faltaba la Palma Real Cubana, en la parte superior se ubicaban las oficinas y otras dependencias para el personal. En la fábrica los recibió Evelio, el pariente de Casimiro, que presentó a nuestro marino.

Como de costumbre se hicieron las preguntas de rigor sobre la familia, además Evelio se interesó por conocer algo más de España y especialmente de la Isla de La Palma, donde aún le quedaban familiares directos. Según Evelio, también se dedicaban a la elaboración de puros y quería saber cómo les iba con el negocio del tabaco y algunas cuestiones más, sin mayor trascendencia.

Jin pudo observar en la fábrica una serie de eslóganes que no le pasaron desapercibidos como: “Nuestro deber es vencer”, “Defiende al socialismo”, “Compañero vigila a tu compañero, puede ser un contrarrevolucionario” y así algunos más. El tabaquero se dio cuenta de la observación de nuestro personaje y por miedo a que realizara algún comentario inadecuado, manifestó -Eso no tiene mayor importancia- pero se encargaba, de manera reiterada en decirles a todos los que se encontraba a su paso -Son marinos españoles que están en el Puerto de La Habana y uno de ellos es pariente mío.

Jin percibió que con esa aptitud de alejamiento trataba de separarlos del resto de los presentes con el fin de que pudieran hablar con tranquilidad.

Una vez conseguida la intimidad buscada y cuando el pariente cubano ya creía que  no les oía nadie les confesó:

Ya no aguanto más, me están presionando continuamente, han metido en la fábrica a comisarios políticos, encargados y trabajadores que no conocen el oficio y tampoco se esmeran por aprender, ya me han llegado rumores que el gobierno revolucionario piensa nacionalizar la fábrica, con este panorama estoy pensando marcharme, pero lo siento por mis hijos.

Continuó hablando con amargura de sus preocupaciones:

Mis bisabuelos vinieron de las Islas Canarias a trabajar en el campo, que era lo que sabían hacer, desde esos momentos se dedicaron al cultivo del tabaco y a la labor de preparar las hojas, más adelante y con el tiempo empezaron a elaborar puros, donde adquirieron experiencia, sus elaborados consiguieron cierta fama, proseguí con la labor de mis padres y fui progresando hasta montar esta fábrica. Pero, tal y como se están poniendo las cosas, lo más prudente sería marcharme. Además, estoy temiendo que una reacción por mi parte que no sea bien vista por las autoridades o por cualquiera de los comisarios políticos que se encuentran aquí me podría perjudicar hasta dar con mis huesos en la cárcel.

Con este último comentario Evelio terminó su conversación. Los dos marinos se despidieron del tabaquero, que les entregó una colección de sus elaborados y unos recuerdos para su familia de la isla de La Palma.

 

 

 [1] Apelativo, que en general, se les da a los españoles en Cuba, sin distinguir provincias.

 

 

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