Capítulo 16 de Pudo ser un Undercover: Novela por Entregas

Pudo ser un Undercover: capítulo 1
Pudo ser un Undercover

Tras leer quince capítulos es momento de compartir el Capítulo 16 de Pudo ser un Undercover, del escritor V. M. Bongutz. A seguir en esta historia espectacular!

16

Noticias de nuevos acontecimientos de Cuba

La salida de Tenerife se inició el 28 de enero, durante la navegación hacia la Península, tanto nuestro protagonista como el resto de sus compañeros pretendían conocer los últimos acontecimientos tras la implantación del nuevo régimen en Cuba, para ello buscaron las crónicas y comentarios de la prensa. Las emisoras de radio constituían otra fuente de información para mantenerse al día, inclusive algunas comentaban lo que transmitían las televisiones norteamericanas y las primicias de los corresponsales destacados en la mayor de las Antillas. En esos primeros noticiarios se elogiaba a la revolución y la victoria de Castro, en ellos se hacía referencia a las noticias procedentes de la Tierra de Martí a través de los diversos reportajes difundidos por sus respectivos enviados especiales, todos coincidían en exaltar y elogiar a Fidel. Los comentarios de los locutores españoles manifestaban que Radio Rebelde, con quien debían conectar las demás emisoras cubanas, emitía consignas revolucionarias y que la música que se difundía eran marchas militares. Pero algunos de los periodistas desplazados en Cuba realizaban despachos confirmando o desmintiendo los rumores que circulaban entre los habitantes de La Habana y de otras ciudades del interior. Muchos de los comentarios que se emitían eran luego corroborados, aunque otros se desmentían; uno de ellos decía: “Ya han comenzado las represalias y los juicios sumarísimos contra los supuestos asesinos y criminales de guerra, a pesar que los militares y policías, especialmente los de baja graduación, estaban cumpliendo órdenes”.

Las novedades se sucedían hora tras hora, se especificaba que se había implantado la ley marcial, en los primeros días, los juicios militares se pusieron en marcha, solo en La Habana se habían fusilado a más de 20 personas, entre militares, policías y seguidores de Fulgencio Batista, a quienes se les aplicó la mencionada ley. Por las habladurías que circulaban de boca en boca por toda la ciudad se comentaba que más de mil personas estaban detenidas para someterlas a juicio, entre ellas, muchos agentes y castrenses de rangos intermedios, que esperaban comparecer ante los tribunales revolucionarios.

Las crónicas trasmitidas por algunos corresponsales de la prensa extranjera radicados en La Habana se centraban en la política puesta en marcha por los nuevos mandatarios, una de ellas afirmaba:

“Tardaron muy poco los milicianos en crear los primeros tribunales revolucionarios, con ellos pretenden aplicar la ley y juzgar a todos aquellos que estuvieran involucrados con las huestes opresoras y pervertidas de la administración de Batista. Así mismo, se ha implementado un férreo control para evitar la huida del país de todos estos malhechores”.

También se comentaba que el presidente Urrutia no estaba muy conforme con algunos de los puntos que manifestaban los rebeldes y que algunos de sus ministros mantenían la misma opinión. Se debía tener en cuenta que el nuevo gabinete fue creado con el consentimiento de Castro, pero los hechos estaban demostrando que la elección de los ministros fue para contentar a los diferentes grupos que conformaban la coalición. Una vez que Fidel se afianzó en la capital y consolidó su poder como máximo responsable de las fuerzas armadas revolucionarias, en ese mismo instante comenzó a otorgar responsabilidades a los miembros del Movimiento Revolucionario. Con ellos iniciaban las contradicciones y algunos empezaban a hablar de falta de lealtad por lo que la desconfianza surgía entre algunos grupos y facciones de la coalición de rebeldes.

A finales de enero, las cuestiones de confianza y los conflictos entre los grupos revolucionarios se agravaban y Fidel debía enfrentarse a las fuerzas integradas en el Partido Socialista Popular, que claramente se mostraban pro-soviéticas. Dicho partido ambicionaba ejercer el control sobre el Movimiento Revolucionario M26-7, que había fundado en su momento Fidel. Los hermanos Castro maniobraron para integrar a los dos grupos y disolvieron las cámaras parlamentarias, a las que consideraban una guarida de malhechores, lo que produjo el final del régimen anterior. A esto hay que unir la destitución de todos los cargos del poder judicial, legislativo y militar, con lo que se provocaba un colapso institucional, pero fue momentáneo, ya que inmediatamente los puestos de responsabilidad y los considerados claves para el control de la República fueron ocupados por personas de la máxima confianza de Fidel Castro.

A pesar de todos estos cambios y las prebendas otorgadas por Fidel a los dos principales grupos antagonistas de la coalición, estos seguían enfrentados y pareciera que no se encontraba una solución posible aun poniendo Castro toda su buena fe. El Directorio y los revolucionarios del M26-7 no llegaban a acuerdos a pesar de que ambos grupos combatieron contra un enemigo común. Un analista político vaticinó que Fidel, diplomáticamente, iría apartando a los miembros más destacados del Directorio, pues pensaba que influían negativamente en los planes que había concebido. Además, con el pretexto de explicar los motivos de la revolución y compartir sus postulados con el resto del mundo, iba enviando a los elementos más conflictivos a misiones en el extranjero.

Algunos hechos que tuvieron lugar a los pocos días de la entrada de los comandantes revolucionarios en La Habana no fueron conocidos inmediatamente, aunque a pesar del secretismo que imperaba, se difundieron pasado un mes. Uno de ellos fue el incidente protagonizado por un grupo de estudiantes integrantes del Directorio Revolucionario (de corte comunista), quienes tomaron el Palacio Presidencial y las dependencias de la Universidad como protesta por no haberse cumplido las demandas y exigencias por ellos solicitadas. Mientras esto ocurría, el recién nombrado presidente Urrutia, que había partido desde Santiago de Cuba por vía aérea hacia La Habana, se mantuvo en el aeródromo de Rancho Boyeros hasta que fuera desalojado el palacio presidencial y los estudiantes depusieran la ocupación de la universidad. Una vez que les fueron concedidas sus reivindicaciones depusieron su actitud. En la primera semana de enero se produjeron una serie de conflictos en Oriente, lo que impulsó al comandante Camilo Cienfuegos a promulgar la ley marcial en la provincia, siguiendo órdenes directas de Castro.

A los pocos días de la entrada de Fidel Castro en La Habana y posicionado el presidente Urrutia en el palacio presidencial, se realizaron una serie de promesas, entre ellas,  respetar la Constitución del 40, así mismo, el propio presidente afirmó que en un breve periodo de tiempo se efectua-rían elecciones para todos los cargos. Tras esas manifestaciones se produjeron, de manera oficial, los reconocimientos del nuevo régimen de Cuba por muchas de las naciones occidentales. Como consecuencia de las desavenencias de los grupos integrados en el conglomerado revolucionario y por la clara adscripción al partido comunista de algunos de los nuevos gobernantes, la prensa norteamericana publicó las afirmaciones realizadas por el Presidente Eisenhower, en ellas manifestaba que se opondría a cualquier agresión bolchevique al mundo occidental y especialmente en los países democráticos:

“Estoy tratando que en el mundo impere la norma del derecho en sustitución de la fuerza y no podemos tener total confianza en los tratados internacionales de los que forman parte los comunistas”. Estas declaraciones se podían incluir dentro de la Guerra Fría que estaban librando las dos superpotencias. Algunos analistas políticos estadounidenses le presuponían una tendencia comunista a la recién llegada revolución cubana y creían que Cuba podría sucumbir a los planteamientos soviéticos, aunque estas aseveraciones eran manejadas por el gobierno norteamericano con prudencia, ya que no estaba demostrado que Castro fuera marxista, según los primeros informes que manejaba la CIA.

Por su parte, la Unión Soviética, en un cable fechado en Moscú, reconocía al naciente gobierno cubano y fue significativo que el dirigente soviético Mikoyan, que por esos días se encontraba de visita oficial en Los Ángeles, se entrevistó con un grupo de estudiantes cubanos.

Mientras tanto, las delegaciones diplomáticas cubanas en las capitales más importantes de la Tierra estaban siendo ocupadas por revolucionarios pro Fidel. A medida que se fue extendiendo la noticia de la consolidación de los planteamientos del Comandante se producían expresiones de entusiasmo en casi todos los países latinoamericanos, inclusive en los Estados Unidos, donde existía una importante colonia de refugiados cubanos contrarios al régimen de Batista.

Las singladuras del buque proseguían mientras iban llegando las noticias y la tripulación mantenía su lógica intranquilidad, pues dentro de menos de un mes debían regresar a La Habana, por ello seguían preocupándose por los acontecimientos que se venían desarrollando en Cuba a través de la prensa escrita que adquirían en todos los puertos a los que arribaban, y sin dejar de escuchar las emisoras locales, pues al ir prácticamente costeando el litoral español no tenían problemas para sintonizar sus aparatos. La hora de las comidas era la preferida para comentar todos estos hechos preocupantes.

Mientras tanto, los acontecimientos se sucedían en Cuba y se iba consolidando en el poder el régimen revolucionario, pero las noticias que llegaban desde la provincia de Oriente anunciaban que continuaban ciertas escaramuzas entre fuerzas regulares del ejército y milicianos, puesto que a los primeros no se les habían comunicado que ya Fidel estaba en La Habana, que existía un nuevo Presidente y que Batista había huido. A causa de ese enfrentamiento, Castro dio órdenes concretas de que estrecharan el cerco sobre los soldados para que depusieran las armas y al mismo tiempo se impuso un férreo control de acceso a esa parte del país.

Por otra parte, el presidente Urrutia realizó una serie de declaraciones de buenas intenciones y de pacificación mientras los juicios proseguían en toda la Isla. Fidel Castro, en los discursos y proclamas que recogían los medios de comunicación, afirmaba que no era comunista, lo mismo sucedía en las entrevistas que concedía a la prensa, tanto nacional como extranjera, donde manifestaba que le levantaban calumnias e intoxicaban a la población en contra de la revolución. Castro insistía mucho en ello, afirmando que ni entre los miembros del gobierno, ni en sus mandos revolucionarios había comunistas, al final siempre añadía -Todo esto son puros inventos de los acomodados y terratenientes que consideran perjudicial la revolución, porque va en contra de sus intereses.

Así continuaba con sus peroratas una y otra vez, día tras día.

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