Asesinato de Salvador Allende en Chile: 11 de setiembre de 1973

Asesinato de Salvador Allende en Chile: 11 de setiembre de 1973

Asesinato de Salvador Allende en Chile: 11 de setiembre de 1973

 

El 11 de setiembre de 1973 se produjo el asesinato de Salvador Allende en Chile, iniciando la dictadura del general Pinochet la cual finalizó en 1990. En este día tan especial queremos compartir el relato del escritor R. S. Klane sobre ese acontecimiento que contó con la participación de la CIA norteamericana.

 

 


El asesinato de Salvador Allende en Chile se enmarcó en una oleada de dictaduras financiadas y apoyadas por la CIA norteamericana en el Cono Sur, las cuales buscaban frenar el avance del socialismo en el continente y detener cualquier emulación a la revolución cubana de Fidel Castro, así como también liberalizar las economías latinoamericanas.

En el marco de la Guerra Fría el asesinato de Salvador Allende en Chile evidenció una estructura de control por parte de Estados Unidos y sus aliados locales en cada país (dueños de los medios de producción, el alto comercio, iglesia católica, ejército) para frenar el avance socialista en la región.

Salvador Allende fue elegido presidente en 1970 y comenzaba a tomar medidas que irritaban a los sectores antes mencionados.

A 45 años, el asesinato de Salvador Allende en Chile nos tiene que recordar de lo que somos capaces los seres humanos a la hora de defender y fomentar la democracia.

A modo de homenaje, queremos compartir con ustedes uno de los capítulos del libro Cartas en la Guerra Fría del escritor R. S. Klane, quien aborda desde otra mirada el asesinato de Salvador Allende en Chile.

 

“Querido Santiago,

 

De acuerdo a lo hablado en nuestro último encuentro paso a contarte sobre el personaje que se subió a mi taxi en el aeropuerto. Al principio estaba muy callado, solo me había indicado la dirección a dónde iba. Su cara me resultaba familiar. Traté de recordar de dónde lo conocía, pero al principio no pude. Estaba muy cansado ya que tuve que realizar dos turnos seguidos. El compañero que me cubría tenía a su mujer enferma y no podía dejar el taxi sin trabajar. Ya sé que según mi esposa tengo el sentido del deber muy elevado. ¿Pero qué iba a hacer? Tenía que seguir. Y mi mente también siguió pensando. Entonces le pregunté si había estado alguna vez en Chile. No respondió, pero sí noté que se había consternado con la pregunta. Me pidió que detuviera el coche y se bajó. Todavía faltaba más de medio recorrido para llegar a su destino, por lo que su actitud me llamó poderosamente la atención. Así que tomé la decisión de seguirlo mientras la cabeza intentaba recordar su rostro.

Se tomó otro taxi y por supuesto mantuvo el trayecto para llegar. La dirección que me indicó también me resultaba familiar. Nos dirigíamos hacia Kingston y al llegar allí recordé todo. Ingresó a las oficinas de ASIS (lo más parecido a la CIA que existe en Australia) y su rostro me vino a la mente como un torbellino, claro, cuando lo vi en Chile tenía más barba. Pero era él, lo reconocí.

Ese hombre era del GAP de Allende en La Moneda cuando fue atacado por Pinochet el 11 de setiembre.

Ya sabes lo que pienso de Allende, era un seductor soviético que iba a hacer polvo nuestra economía apoyado por los rusos y los cubanos. Era un comunista por más que todas sus medidas apuntaban a un cambio pacífico y no violento. Pero Allende no podía ganar, había que sacarlo del gobierno y echar a todas las ratas comunistas de Chile. Como mi esposa trabajaba en la Casa de la Moneda aproveché para pasarle información a un gringo que trabajaba en la embajada norteamericana que me había pedido ayuda. El gringo me dijo que estaba dispuesto a pagarme. Por supuesto que le dije que no, ¿cómo me iba a pagar por colaborar con sacar a Allende de allí? Lo haría una y mil veces más. No iba a permitir que los rusos se apoderaran de mi país. Él me agradeció y me dijo que el presidente Nixon quería lo mismo que yo y que iba a hacer lo posible para evitarlo.

Y de alguna manera lo hicieron.

La noche anterior al ataque el gringo sugirió que Ángela no fuera a trabajar al día siguiente. No entendía por qué me decía eso y jamás nos imaginamos que se fuera a producir otro ataque de ese tipo a la casa presidencial después del fracaso de “El Tanquetazo”. Había sido en junio y no pensábamos que se podría dar algo igual tan pronto. Pero claro, como en ese momento los tanques no funcionaron para sacar a Allende en esta oportunidad lo iban a sacar a bombazos de aviones.

Como Ángela se había olvidado de los medicamentos que toma a diario fuimos hasta el palacio de La Moneda. Llegamos antes de las ocho y había muchísimo movimiento. Nos dimos cuenta que ya había empezado el golpe de Estado y esta vez Allende no podría hallar una salida. Si Pinochet estaba al mando significaba que muchos militares estaban de acuerdo con la medida. Ante la situación le dije a Ángela que se apure. En la siguiente hora se llenó el lugar de carabineros. Ella por suerte pudo salir antes de que llegaran pero quería quedarse cerca para ver qué sucedía. Fuimos incautos, aunque valió la pena. Al rato llegaron los aviones y las bombas estallaron. La primera bomba la vi caer sobre el portón norte y desde ese momento bajé la cabeza y contuve a Ángela. Cada tanto miraba de reojo. Escuché más explosiones pero no me atrevía a mirar. Por dentro me invadía la alegría de poder sacar a ese comunista de allí.  Desde La Moneda se escuchaban disparos, eran los comunistas del GAP. El lugar se llenó de humo y fuego, pero ellos siguieron disparando. Me pareció escuchar una ametralladora que le disparaba a los aviones desde adentro, pero no la pude distinguir en ninguna ventana. Cuando terminó todo vi que sacaban unos hombres con las manos en alto. Ángela solo reconoció a Juan Angel Seoane, que es un policía que estaba muy cerca de Allende. Pero a mí me quedó la imagen del barbudo que se subió a mi taxi. Me quedó la imagen porque me llamó la atención su semblante. Todos salían agobiados, algunos con sangre en sus ropas o con heridas evidentes. Pero él no, salió muy tranquilo. Con las manos en alto, sí, pero me dio la sensación que no había disparado ni un tiro ese día.

Ahora se sube a mi taxi en Australia y me pide para ir a las oficinas de la CIA australiana. Me llama poderosamente la atención. Además por algo me pidió que detuviera el coche. Tal vez pensó que yo era un exiliado chileno y que lo podría reconocer como parte del golpe de Estado de Pinochet. En realidad soy un exiliado pero no político, sino económico. En Chile ya no se podía vivir bien. Trabajando en un taxi en Australia gano el doble que allá. Es verdad que hemos venido muchos chilenos e incluso he visto a varios uruguayos. Allí también hubo un golpe de Estado. Seguramente me pidió que detuviera el coche porque se asustó que pudiera reconocerlo y denunciarlo con algunos de los exiliados políticos de la Unión Popular. Si mi razonamiento es verdadero, ese barbudo traicionó a los suyos. Estoy seguro. Lo bien que hizo, había que sacar a Allende de allí para tener un futuro Chile libre de comunistas.

La próxima vez que lo vea lo voy a felicitar.

 

Espero que ya no queden más comunistas en Chile. Pinochet tiene que hacer bien su trabajo y hacerlos desaparecer.

 

Ojalá que algún día puedas viajar a Canberra y visitarnos. Tendrías que ver lo lindo que es Australia. Valdrá la pena venir.

 

Te mando muchos saludos de Ángela.

Seguimos en contacto,

 

Víctor”

 

 

 

 

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